sábado, 18 de diciembre de 2010

El gusto del cansancio



Recién llegado de Sevilla una vez más en esta semana. El tren, ese sitio donde me divierto, me aburro, estudio, leo y hablo con los pasajeros y las azafatas.

Mientras atardecía, bandadas de cigüeñas volaban en dirección sur entre pequeños bancos de niebla, como esos pedazos de algodón que a veces decoran algunos belenes trabajados y sentidos. Allí estaban aquellas nubecillas, escénicamente colgadas sobre los encinares de Despeñaperros, sobre esas inmóviles láminas de lavajos entre los cerros, sobre los caminos blanquísimos que serpentean entre el gris y verde del paisaje.

Pero la noche, de forma subrepticia, termina por envolverlo todo mientras vas enfrascado en la lectura, y cuando tratas de volver a mirar el paisaje a través de la ventanilla, ésta te devuelve tu rostro cansado. Al fondo, sólo la noche. La invisible noche.

Son tantas las cosas.

Y tan estupendas.

A veces.

Hoy ha sido un día magnífico. Viernes y sábado de trabajo con gente maravillosa, ilusionada, henchida de ese potente combustible llamado entusiasmo. Aplausos, abrazos, satisfacción.

Cuando todo eso sucede, el cansancio no daña. Antes al contrario, se agradece en cuanto te induce al dulce y contundente sopor que anuncia tu descanso.

Así da gusto.

Fotografía de Elena Arciegas
http://www.trekearth.com/members/sunamoon/

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