lunes, 20 de diciembre de 2010

LAS REGLAS DE LA VIDA

Nos sentimos impulsados a prever el futuro. Nuestro rastro genético todavía nos mantiene en alerta ante la eventualidad de un tigre de dientes de sable, de forma no muy distinta a cómo se mantenían ojo avizor nuestros más remotos (e indefensos) antepasados.

Hoy esas fieras depredadoras son de otro tipo. Pueden llevar traje y corbata, zapatos de tacón alto y rouge o simplemente empuñar una cartera de cuero negra sobre la que lleva impreso en letras de oro el título del ministerio al frente del cual se encuentra su propietario.

Por eso queremos conocer las intenciones de los demás a través de los gestos. Por eso late en el interior de tantas personas el deseo de saber acerca de la vida íntima del prójimo: para comprobar si somos mejores que ellos, si podemos competir o, sencillamente, mantenernos a salvo de sus amenazas potenciales.

Pero la vida, por su propia razón equivale a un cambio continuo. Cuando comprendemos que de eso se trata y de que nadie va a venir en nuestra ayuda si no nos valemos a nosotros mismos, tanto individualmente como en grupo, alcanzamos un poco más de serenidad, un poco más de bienestar. Tal como escribió Richard Templar en su clásico Las Reglas de la Vida: “Las personas se comportarán de forma extraña. Las cosas irán desesperadamente mal o bien”.

Se denomina estocástico al sistema que funciona por efecto del azar. Los filósofos siguen discutiendo sobre si la vida es realmente estocástica o todo se sucede como derivación de procesos causa-efecto. Lo intersante de la palabra es que el término “estocástico” proviene del griego στοχαστικός, que significa “hábil en hacer conjeturas”. Yo vivo porque hago conjeturas acerca de la vida, su significado y mi papel en todo este desconcertante misterio.

www.josehermida.com

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