jueves, 23 de diciembre de 2010

TRABAJOS ESTUPEFACIENTES



A finales del siglo XIX surge la idea de la lucha obrera basada en la apropiación de la fuerza de trabajo por parte del capital. Hasta aquí la parte más evidente.
Y ahora la parte que más nos afecta hoy en día: esa apropiación sólo puede tener lugar cuando se trata de trabajos estupefacientes. ¿Qué es un trabajo estupefaciente? Hay varias definiciones de origen psicológico y sociológico, pero la mía es: aquél en el que el trabajador puede ser sustituido inmediatamente por una máquina o por cualquier otro trabajador.
Estoy hablando del trabajo tedioso, repetitivo, sin perspectivas de mejora, ni en las habilidades, ni en la remuneración ni en la trayectoria del futuro del trabajador. Un trabajo que no requier un conocimiento o habilidad especiales. Un trabajo que no merece el reconocimiento de tus aptitudes, la consideración de tu desempeño, tu talento, tu creatividad, tu entrega, pasión, inteligencia o cualquier otra virtud con la que cuentes. Un desprecio institucionalizado de tu personalidad. Menudo horror, de verdad.
Cuando surgió el término, los psicólogos sociales pensaban en el Taylorismo, la división del trabajo, la fulminación del conocimiento artesanal en aras de la eficiencia de la cadena de montaje (que es lo que Charlot expuso brillantemente en su genial película Tiempos Modernos). Pero en el día de hoy, ¿qué es lo que cabe esperar en una sociedad jurídicamente avanzada en términos de Derecho del Trabajo? Que cada vez más y más trabajos, que hace tan sólo veinte o veinticinco años atrás hubiesen sido tenidos por paraísos de la creatividad, la imaginación y la oportunidad del desarrollo personal, se han convertido en puro trabajo basura, en auténtico trabajo estupefaciente. Hablo de ingenierías, docencia universitaria, relaciones comerciales, comunicación institucional, práctica de la Medicina o cualquier otra actividad. La incompetencia de los sucesivos Gobiernos, obsesionados con una visión contemporizadora de la genialidad de la visión marxista con la insoslayable realidad liberal, ha creado una pantomima jurídico-protectora que poco tiene que  ver con la realidad: las personas queremos no sólo ganarnos la vida, sino que además, nuestras vidas sean puestas en valor y que ese valor sea reconocido por los demás. El esquema productor-consumidor todavía no está muerto, pero ya pinta que lleva camino de estarlo. Queremos tener presencia en la comunidad más allá de los simulacros de inteligencia opinativa cuando un reportero de una tele nos mete el micrófono en la boca en las inmediaciones de la Gran Vía para que les instruyamos, es un suponer, con nuestras opiniones acerca del cambio climático, el cambio del Gobierno o el cambio de la fisiognomía, vía bisturí, del rostro de B. Esteban.
¿Pero es que nadie ve que así nunca vamos a salir de pobres?

www.josehermida.com

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