viernes, 4 de marzo de 2011

Humanos obsoletos y sumisos


Llamamos obsolescencia al acontecimiento que tiene lugar cuando una máquina, objeto o instalación deja de resultar útil. Por extensión, también alcanzan la obsolescencia las ideas, determinadas expresiones artísticas y dogmas científicos rechazados. Incluye igualmente la mayor parte de la ropa confeccionada que tiene un período de caducidad inferior al año (de hecho, es de alcance semestral y por eso se habla de temporada primavera-verano y temporada otoño-invierno).
En 1924 se creó en Suiza un cártel de fabricantes de bombillas formado por los principales fabricantes mundiales de este producto. El cártel se denominó  “Cártel Phoebus” y comprometía a sus miembros a fabricar bombillas que sólo durasen 1.000 horas, a fin de obligar a la gente a renovarlas. Establecieron una serie de multas para aquellos miembros que infrigiesen las normas de calidad convenidas. En realidad, los elegantes caballeros firmantes del acuerdo operaban como una especie de mafia o sociedad secreta.
Pero como resultaba que la falta de obsolescencia afectaba a todos los bienes de consumo, la mayoría de los grandes fabricantes se plantearon la conveniencia  de cambiar el modo de pensar de la gente: es decir, que empezasen a comprar por diversión en lugar de hacerlo por necesidad. Los desajustes entre los ritmos de producción, el alza de precios provocada por la relación entre la oferta y la demanda y la escasez o abundancia de dinero en manos del público han venido generando sucesivas crisis que han sumido en la miseria a millones de personas a lo largo de los últimos ciento cincuenta años.
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“Obsolescencia programada” es la que tiene lugar cuando el mismo fabricante del utensilio determina anticipadamente el momento en el que el producto se convertirá en obsoleto. El objetivo consiste en que el usuario se sienta defraudado con la prestación del producto y sienta la necesidad de adquirir otro similar. La obsolescencia afecta a  muebles móntelo-usted-mismo, ordenadores, teléfonos móviles, zapatillas deportivas, corbatas, peinados y prácticamente todas las “apariencias de poder” y “estar al día”. Ése y no otro es el origen del marquismo, las necias autocondenas hipotecarias por inmuebles con un coste superior al que el infeliz comprador podrá pagar en toda su vida… y los automóviles de gama alta llenos de abolladuras y faros sostenidos con cinta adhesiva porque sus propietarios tratan de ahorrar los altos costes de los seguros a todo riesgo.
Ciertamente, cuando el ciclo económico alcanza su punto superior de flexión, entramos en la temida depresión: aumenta el desempleo y disminuye la demanda de productos y servicios. Las posibilidades reales de “aparentar poder” se ven drásticamente reducidas. Los beneficios empresariales disminuyen, pero quienes cuentan con empleos fijos, los funcionarios y los accionistas de pequeñas empresas que todavía sobreviven entre el desastre de la crisis, todavía cuentan con cierta capacidad de ahorro; los bancos tratan de localizar a esas personas para captar pasivo bancario e invertir en zonas con economías más seguras. Los ciudadanos de los países más afectados por la crisis se desprovisionan  de recursos financieros para el consumo (es decir, “ahorran”) mientras que, paradójicamente están financiando a países más ricos que el suyo. Recientemente, una entidad bancaria incluso se las ha ingeniado para proponer el ahorro como “una moda”.
Cultos o ignorantes, ricos o no, los seres humanos seguimos tomando decisiones absurdas llevados por las artes hipnóticas de los grandes genios creadores de necesidades. Es como el cuento del político que prometía a sus electores que si era elegido “todos tendrían unos ingresos superiores a la media” y al oír esto, la gente, enardecida, le vitoreaba entusiasmada. Hoy somos incluso más estúpidos que los protagonistas de ese cuento: el hombre medio quiere aparentar que está por encima de la media de los hombres medios, con lo que se lo sigue poniendo fácil a los perversos creadores de obsolescencia.

1 comentario:

  1. El escritor Herman Hessen, en su libro Siddhartha, decía: "Carezco de todo voluntariamente... por eso no estoy en la pobreza.

    La palabra "voluntariamente" es clave para dar forma al pensamiento y no caer en la rutina de lo fácil y de la moda.

    Abrazos, Ramón.

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