jueves, 7 de julio de 2011

Quién fuiste, quién eres, quién serás.


En la imagen, Leslie Waller a los veintitrés años en su ocupación como amanuense en el ejército durante la II Guerra Mundial. Las novelas de Waller se vendían en las estaciones de ferrocarril en aquellos remotos tiempos en los que leíamos lo que elegíamos en los expositores rotatorios de las estaciones y no lo que nos exigen los críticos de nuestros periódicos habituales.

Cuando leí a Waller por primera vez fue a lo largo de un viaje entre La Coruña y Barcelona de veintiocho horas de duración en un tren que era conocido como El Shangai (en ese mismo viaje también me zampé Servidumbre humana, de Somerset Maugham; en veintocho horas da tiempo para casi todo). Mi primo Tito tuvo una apasionante aventura con una modelo francesa en el trayecto La Coruña -Cádiz, donde en la base naval cumplía su servicio militar, pobre de él, porque a mí me tocó en El Ferrol, que estaba más a mano y donde ejercí de instructor de analfabetos, que era cargo asaz respetado pese a ser marinero de segunda clase, aunque no llegué a conocer a modelos francesas, acontecimiento que únicamente pueden disfrutar sujetos como mi primo Tito o Nicolas Paul Stéphane Sarkozy ).

No es probable que mucha gente se acuerde del escritor Waller, aunque dos novelas suyas fueron llevadas a la pantalla con mucho éxito, una de ellas, Tarde de Perros, dirigida por Samuel Peckinpah, y la otra, la archifamosa cinta de Encuentros en la Tercera Fase, dirigida por Steven Spielberg.

Muchos años después de haber leído a Waller por primera vez, compré en una librería de viejo, en la calle Arenal de Madrid, y allá a finales de los años setenta del siglo pasado, El Banquero, una novela de dinero, poder, traiciones, corrupción y sexo a raudales (pero en plan fino, del bueno, del que pone de verdad). Me fascinó. Lo subrayé con entusiasmo y anoté en el espacio de las páginas de cortesía de la impresión del libro el número de las páginas que contenían los pasajes que más me habían subyugado.

Hoy, mi primer día después de firmar con la editorial mi nuevo libro, y sometido a la presión del compromiso creativo, cuando estaba a punto de venirme abajo ante el reto de cómo hacer algo realmente nuevo, he echado mano de mi desvencijado ejemplar de El Banquero de Waller y he revisado, una a una, las anotaciones que cuarenta años atrás hice acerca del texto.

Lo fascinante de la experiencia es que he sentido las mismas emociones que entonces, he mandado a paseo todos y cada uno de los apuntes que había preparado para mi libro y me he dejado llevar por el dulce compromiso de empezar desde cero. Otra vez.

Y aquí estamos.



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