miércoles, 16 de noviembre de 2011

El día en que me compré a mí mismo

La librería de viejo de la calle Ana María 30, en el barrio de Tetuán de Madrid.
Es preciosa. En el exterior, tan sólo un rótulo: "LIBROS"



No tenía ni un solo ejemplar de un libro de rol que había publicado quince años atrás. Hace unos meses, una amiga me prestó el suyo, que reservé para releerlo cuando pudiese, pero nunca encontré el momento adecuado para hacerlo. Ayer por la noche me planteé hacerlo, pero no lo pude encontrar; ¡vete tú a saber si lo había puesto junto a los Evangelios apócrifos o al lado del manual de Boxeo Moderno del conde Carlos Zinsler. El caso es que no apareció por ningún lado. Y encima, era un libro prestado y tenía que devolverlo.
Así que hoy por la mañana lo busqué en Internet y vi que en esta librería tenían un ejemplar y llamé para que me lo reservasen. Por la tarde fui a buscarlo.

Fue un encuentro emocionante, propio del típico argumento de peli romántica "chico-conoce-chica-pierde-chica-y-recupera-chica", pero en versión libro. Me sentía radiante mientras caminaba en dirección al metro. No pude o no quise esperar más y lo abrí a la buena de Dios. Leí algunos párrafos. ¡Era divertidísimo!

Se ve que el hallazgo me había influido de tal forma que en el ascensor de la estación de Cuatro Caminos, sin proponérmelo, entablé una divertida conversación con dos señoras. Al abrirse la puerta del ascensor nos dijimos adiós; cuando me encaminaba hacia la línea 6, escuché un taconeo precipitado detrás de mí. Me di la vuelta. Era una de ellas. Lo que dijo me dejó pasmado:

- Oiga, ¿es usted de Bilbao?
- No señora -contesté-. ¿Por qué me lo pregunta?
- ¡Es que es usted muy simpático!

Ya pueden ir enterando los de Bilbao la fama que tienen por aquí.

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