miércoles, 28 de septiembre de 2011

En lugar de simplemente regalarme un libro, obséquiame con tu conocimiento, tu experiencia y tus emociones.


Eduardo Chamorro me regaló varios libros. Poco antes de morir me obsequió con The Deptford Trilogy, de Robertson Davies, anotadísimo y subrayado, porque había leído los primeros capítulos de  mi Teorema del alma y, según él, mi trabajo se parecía mucho al del canadiense. En realidad el parecido no iba más allá de que tanto mi protagonista como el de Davies eran canadienses y que en el trasfondo de ambos asuntos se reseñaban algunos aspectos de la magia y de la sugestión, pero lo cierto es que me sentí deliciosamente halagado. El obsequio no había sido el del libro, sino el de la consideración hacia mi persona, mi profesión, ambiciones y sueños.
Quiero decir con esto que no hay nada más antipático que el recibir el regalo de un libro que el oferente no ha leído, y que, no en pocas ocasiones, ni siquiera sabe de qué trata, pero que intuye que por su numerosa paginación y vistosa cubierta necesariamente ha de suscitarnos tan repentino interés, que seremos capaces de abandonar cualquier otra obligación y nos dispondremos, ayunos de vianda y descanso, a devorar su contenido, sea cual fuere. Es muy difícil comportarse de un modo que supere esta falta de educación, caramba.
Yo no quiero que me regales un libro, sino lo que has aprendido de él, lo que has sentido, te ha suscitado, estimulado, descubierto, recordado, inventado. No quiero aprender del libro que me regalas; quiero aprender de ti.
Esto viene a cuento porque voy anotando mi lectura de Michitaró Tada y de nuevo deseo compartir contigo sus ocurrencias que procuran en mí otras tantas, que acaso impulsen nuevos inventos, emociones, preguntas, deseos, repulsas o indignaciones en ti, y más allá de tu lectura, en aquellas personas con las que consideres oportuno compartir tus sentimientos y reflexiones.
Si tal cosa sucede, sin duda alguna, permaneceremos en creativo contacto, pero no esta noche, en la que me siento algo angustiado debido a que mañana tengo que hacer frente a un curso con ejecutivos de banca, circunstancia que, a pesar de tantos años en el oficio todavía me impone. A partir de pasado mañana, y a lo largo de todo el fin de semana, impartiré otro curso, éste de oratoria, al que espero sobrevivir sin graves secuelas, siendo así que confío en que el domingo por la noche, a salvo de otras  obligaciones y contando al fin con un lunes virgen ante mí, pueda seguir compartiendo contigo mis sentimientos así como otras extrañas inquietudes.
Que tengas un buen día.

martes, 27 de septiembre de 2011

El Eje Galicia - Japón o por qué Obama no se enteró de qué iba la cosa.


Sigo leyendo con entusiasmo a Michitaró Tada en su ensayo sobre gestualidad japonesa. Interrelaciona con tanta sabiduría como humor el origen de las palabras, su trasposición a los gestos y, en fin, la pérdida de las buenas costumbres por culpa de la tele y "lo moderno".

Tanto los saludos como los gestos japoneses tienen rigurosas razones de ser. El conocido gesto de asentimiento japonés (la inclinación de cabeza o aizuchi) proviene del sonido que hacen dos herreros cuando golpean un hierro a la vez. Es un gesto de sintonía, no de sumisión. Por eso Obama se equivocó al hacer su exagerada reverencia ante el emperador Akihito. Se pasó de la raya. Fue algo así como si te presentan a la baronesa Thyssen y le arreas una palmada en el trasero para caerle bien, no sé si me explico.

Lo que hoy he aprendido del encantador maestro Tada es que la cortesía japonesa se parece extraordinariamente a la que ejercemos los gallegos. Tanto a los japoneses como a mis paisanos la incertidumbre nos parece la razón de ser esencial de la vida. No obstante, lo que conseguimos, tanto los gallegos como los japoneses, es que la gente ineducada (es decir, el resto de la población del planeta) nos tome por disimulados y ambiguos, cuando en realidad lo único que sucede es que lo .que pretendemos es no molestar a nadie y que el invitado disfrute su sake con pulpo a feira o su yakitori con queimada.

Me explico brevemente: en Japón, cuando una persona educada se encuentra con un conocido, le pregunta: "A dónde va usted?" Y el otro responde: "Un poco más allá", a lo que hay que replicar: "¡Ah! ¿Eso hace?". De no cumplir con ese ritual podrías quedar como un maleducado sin redención. Este ritual ya no se practica en Tokio, pero en Kioto, las personas de edad lo conservan.

De modo que, por favor, dejen de alimentar los prejuicios del gallego en la escalera, acerca del que no puede saberse si sube o baja. Sencillamente, le está cediendo el paso a usted por pura cortesía.

Terminaré con una admonición de Wellington tras la intervención de los vecinos coruñeses en la evacuación de las tropas británicas tras el desastre de la batalla de Elviña: "¡Españoles! ¡Aprended del valor de los gallegos".

Que tengáis un buen día.