domingo, 8 de abril de 2012

Confucio y el sentido del humor



COLLAGE DE @TERRICOLENSIS PARA LA PORTADA DE "CONFUCIO Y LA MÁQUINA DE CAFÉ". EL MUEBLE DE IKEA QUE VA APARECIENDO AL FINAL DE CADA CAPÍTULO DE LIBRO FUE LA IDEA INICIAL, QUE CONCEBÍ EN UN PRINCIPIO COMO UN LIBRO DE SUPERACIÓN PERSONAL EN TONO DE HUMOR. CONFUCIO DIJO EN UNA OCASIÓN: "Un líder es todo aquel que puede tener bajo su tutela "un joven desvalido, el gobierno de una nación o el parto de una vaca". ES UNA OBSERVACIÓN QUE REFLEJA UN APLASTANTE SENTIDO COMÚN. POR ESO TAMBIÉN ME PARECE QUE UN LIDER ES QUIEN TAMBIÉN PUEDE TENER BAJO SU TUTELA A UN NOVATO TRATANDO DE MONTAR UN MUEBLE DE IKEA.
 
 Lo que sigue es el diálogo de Confucio y la máquina de café que tiene lugar en el gigantesco almacén de una compañía importadora china. Está en el capítulo II del libro ("La humillación"). Lo escribí porque la primera parte del capítulo era muy triste, y lo cierto es que mientras lo escribía me levantó el ánimo, porque el señor Song Kit habla un español estrafalario, Ernesto (el protagonista) es un poco tartamudo, y los dos jóvenes chinos que acompañan al maestro  se expresan en un castellano magnífico, más que propio de un académico de la Real Academia de la Lengua, y por lo tanto, chocante a más no poder:

   Señor Zhang dijo usted viene. Yo dije señor Zhang usted no viene y señor Zhang dijo usted sí viene. Veo usted sí viene.
   P-pues sí, ya ve que vengo. ¿Q-Quién es el s-señor Zhang?
   ¿No sabe quién señor Zhang?
   No señor.
   ¿No?
   No.

Se mostró muy sorprendido. Insistió:

   ¿No?
   No —remaché por si acaso no había quedado claro.
   Señor Zhang da usted sentencia Confucio ayer.
   ¿Qué?
   Sentencia Confucio da usted señor Zhang.

Yo estaba perdido. ¿Quién era el tal Zhang? ¿Por qué Song Kit estaba tan entusiasmado conmigo? ¿Qué tenía que ver Confucio con todo aquello?

Song Kit intercambió unas palabras en chino con los mozos. No sé cómo se las arreglan, pero cuando hablan entre ellos es como si se estuviesen reprendiendo mutuamente antiguas ofensas pendientes de cicatrizar. El de la camisa negra arregló la confusión cuando me explicó:

—El señor Song Kit me pide que le transmita que se refiere a cierto mensaje que el señor Zhang le hizo llegar a usted ayer por la tarde en el transcurso de un acontecimiento deportivo y promocional en el que usted intervino con gran acierto. El señor Zhang advirtió al señor Song Kit que usted haría acto de presencia en este local hoy por la tarde, predicción que, tal como puede comprobar, se ha cumplido.

Cervantes no lo hubiese expresado mejor. Zhang era el tipo que la tarde anterior me había hecho no se qué en la espalda, me había dado un cursillo de hablar en público en el espacio de medio minuto y le había dejado el mensaje a Tina para que me lo entregase a mí. A partir de aquel momento Song Kit siguió hablando en chino sirviéndose de las traducciones de sus palabras que los mozos de las camisas blanca y negra me hacían llegar.

   El señor Song Kit desea que nos acompañe hasta el Dàochǎng[1] a fin de presentarle a los alumnos.

Tal y como es de suponer, yo no tenía ni la más remota idea de qué demonios podía tratarse un dàochǎng, pero confié en que no se tratase de una cámara de tortura bajo la supervisión de Fu-Man-Chú.

Me acompañaron a lo largo de la nave. A medida que nos adentrábamos en ella se descubrían las impresionantes dimensiones del edificio. ¿Habéis visto en la quinta entrega de Harry Potter, en el Cáliz de Fuego, el almacén tipo Ikea sección de recogida de muebles que sale allí? Bueno, pues lo mismo pero multiplicado por tres. E-nor-me.

Me fui fijando en las etiquetas de los embalajes: muebles, ropa, electrodomésticos, lagartos (¿lagartos? ¿vendían lagartos?) herramientas y más que probablemente, un millón de cosas más. Vendían de todo, lo que se dice de todo.

Llegamos a una diminuta puerta. Los mozos del dominó la abrieron. Song Kit me cedió el paso. Le hice una reverencia o algo así y la crucé. Ellos me siguieron. Habíamos llegado a un patio del mismo tamaño de la nave. Había torres de palés que formaban columnas que se perdían en el cielo (estoy exagerando, pero no demasiado, no creáis). Un poco más allá se encontraba otra puertecilla. Esta vez fue Wong Song Kit el que pasó primero. Fuimos tras de él y tras otra puerta más llegamos a una gran sala donde se encontraban perfectamente alineadas y en posición de firmes, treinta o cuarenta alumnos vestidos como Bruce Lee en Furia Oriental, en plan chaqueta arremangada y playeras, no sé si la habéis visto. Wong Song Kit me miró a los pies y dijo:

   Pie mira fuera desnudo.

No hizo falta que ninguno de los mozos, quienes ya se habían descalzado antes que yo, me lo tradujesen. Me descalcé yo también y todos tan contentos.

Lo que siguió a continuación consistió, si es que lo entendí correctamente, en la exhibición de una clase de artes marciales, kungfú o lo que fuese, dirigida por Song Kit, quien ahora blandía algo así como un cayado del que se servía para facilitar las indicaciones a los alumnos. El maestro dio un toque y aquellos individuos, quienes hasta ese preciso instante se mantenían inmóviles como si fuesen de yeso, pegaron un grito y realizaron una serie de raudos movimientos como si estuviesen tratando de defenderse del ataque organizado de un enjambre de avispas.

Cada vez que el maestro hacía sonar el cayado, los alumnos proferían uno o más berridos y hacían como que zurraban a alguien. Los toques de Wong Song Kit con el cayado me recordaron a esos cuadros de Degas en los que sale un viejo con bastón haciéndose el enterado delante de unas bailarinas. En un momento dado, y a a toque de cayado, los alumnos se dispusieron por parejas y tuvieron que simular que se acometían. La cosa era que un miembro de la pareja arreaba y el otro tenía que esquivar. Todo era muy espectacular y exacto, a la suiza, pero en un determinado momento, un alumno largó a su pareja tal puñetazo en la cara que el agredido se bamboleó, perdió la estabilidad y cayó vencido sobre el suelo. Por la nariz, que creo que la tenía rota, manaba abundante sangre. Aquello me pareció espantoso a más no poder, pero lo más impresionante fue que, tendida la víctima en el suelo, el maestro Wong Song Kit, lejos de mostrar la menor piedad por el lesionado, se acercó hasta él y le propinó semejante paliza con el cayado como yo no podía haberme imaginado jamás que se le pudiese administrar a un ser humano. Acto seguido le gritó algo en chino al infeliz y éste se puso en pie lo más dignamente que pudo.

Miré a los mozos Blanco y Negro. Estaban como si tal cosa, vamos, como si el pobre diablo simplemente hubiese estornudado.

   ¿E-esto va siempre así? —les pregunté.
   No —explicó el que había estudiado el bachillerato en el colegio de El Pilar—. El maestro solamente castiga a los más débiles. El alumno tenía demasiado miedo y no prestó la debida atención para esquivar el golpe de su compañero. A partir de ahora se fijará más.
   D-desde luego, n-no me cabe duda…

Lo que vi a continuación fue algo que no olvidaré el resto de mi vida. Wong Song Kit se acercó a lo que quedaba en pie del alumno y le montó una bronca de campeonato.

   ¿Qué le ha dicho? —pregunté a mi traductor.
   Le ha dicho: “no debes temer a tu enemigo, sino a tu propio miedo”.
   Ah.
   Es una máxima de Confucio —aclaró.
   Ah.

Poco después terminó el espectáculo, si es que podríamos llamar así a aquella carnicería. El señor Wong Song Kit y los mozos Blanco y Negro me acompañaron al portón. Enviaron una señal invisible a la mujer del cubículo y la persiana se alzó con un quejido quejumbroso.

   Y dígame s-señor Song Kit —pregunté con cautela— ¿c-cuándo ver yo señor Zhang? —ya se me estaba pegando la forma de hablar del abuelo.
   Señor Zhang verá el tiempo después hoy usted en punto encontrar —respondió el viejo como si aquello pudiese significar algo con sentido. Por fortuna, uno de los mozos tradujo:
   Lo verá usted mañana.
   ¿Dónde?
   Lo verá usted mañana.

Y la persiana se cerró del todo.




[1] Literalmente, “sala de meditación”. También hacr referencia a la sala de entrenamiento en artes marciales. Equivalente al “dojo” japonés.

2 comentarios:

  1. Realmente me he reído bastante, sobre todo porque al leer la conversación limitada de: tu entrar, tu venir, al final tu terminas hablando igual. Me quedo con el aprendizaje de no temer al enemigo sino al propio miedo..... voy tomando notas... Gracias Jose

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  2. El anciano es la mar de simpático, pero es que los dos mozos, vamos, parecen salidos del Pilar. Yo es que me partía con ellos.

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