lunes, 7 de mayo de 2012

Moda y plasticidad del cerebro humano


Una casi irreconocible Brigitte Bardot posando como starlette en la playa de Cannes en 1953

Bardot lleva un bikini, una prenda que, escandalizaba a las mentes más pudorosas de hace más de medio siglo (ver este enlace  de Retronaut.co cómo, en la misma sesión de fotos, el actor Kirk Douglas, también en bañador, increpa a unos mirones). 
Pero no se crean que eso es agua pasada: en 1996, en el concurso internacional de Miss Mundo en Bangalore (India), grupos de conservadores indios forzaron la clausura del evento, que finalmente tuvo que celebrarse en las Sychelles. ¡Las concursantes iban en bikini!
Abajo, una sorprendente foto para la promoción de una marca de máquina de escribir en los años veinte del siglo pasado:
 Lo interesante de la foto de arriba es que, comparada con los calendarios Pirelli, estaríamos hablando de un escenario casi sicalíptico, teniendo en cuenta que la imagen antecede en treinta años a la de la Bardot. De hecho, la foto de Cannes, hoy en día, es totalmente aceptable en el mundo occidental, mientras que la de la pareja con la máquina de escribir presenta connotaciones escandalosas en más de un sentido.

Lo que estoy proponiendo en este post es que la moda moldea algo más que aspectos protocolarios: moldea esencialmente nuestros cerebros. Un hombre no tiene la misma actitud con ligas en los calcetines y engominado hasta la náusea que con el hábito de una sempiterna barba de tres días. Y sus interlocutores tampoco. Las señales que emitimos con nuestra vestimenta prefiguran en las mentes de nuestros interlocutores un complejo y abstracto panel de atribuciones que abarcan desde nuestras creencias hasta nuestras actitudes, sean conformes a la realidad o solamente fantasías por parte de los otros. 

El asunto es de mayor enjundia de lo que pueda parecer a primera vista: no importa cuál sea la dimensión real de nuestra forma de ser, disposición o inteligencia: lo que van a atribuirnos los demás tendrá una cualidad espectral, ficticia, y por lo tanto desajustada, si no manejamos debidamente un arsenal conjunto, verbal y no verbal, que proyecte adecuadamente, es decir, conforme a nuestra voluntad, la imagen que deseamos proyectar.





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