lunes, 3 de septiembre de 2012

EL PERNICIOSO INFLUJO DE LOS CUÑADOS EN LA ECONOMÍA NACIONAL



Anoche, impulsado por lo que debió de ser un impulso narcisista, abrí Hablar sin palabras por una página al azar y me topé con esto:

“(,,,) se indujo a creer a la gente que si una familia no tenía una vivienda en propiedad, el valor social de esa familia era reducido. El resultado socioeconomico fue atroz: cifras de paro descomunales y severas restriccionesde los presupuestoS familiares por el único motivo de tratar de emitir las señales que, supuestamente, les aportarían un rango social mayor del que realmente tenían”. 

El delirio ha llegado hasta el extremo de que el lenguaje corriente ha terminado por sustituir  la preposición “en” por “de” a la hora de hacer referencia a una vivienda de alquiler (aquí sí es correcto el uso de esta preposición).

Véanlo: hasta hace aproximadamente unos veinte años se decía que se vivía en un piso “en alquiler”, mientras que hoy se dice “de” alquiler. Observen la connotación de la partícula y su despectiva alusión a la expresión “vivir de prestado”. Cuando una compañía multinacional alquila dos mil metros cuadrados para sus oficinas nadie dice que la empresa está “de” alquiler, sino que ha contrado “en alquiler” o, sencillamente, ha alquilado la superficie en cuestión. El idioma al servicio de la estupidez. 

Así que estamos ante una ridícula cuestión de prestigio irracional; de forma no muy distinta a la burbuja de los tulipanes en la Holanda del siglo XVII, que condujo a miles de familias a la miseria, el temor a ser menospreciados por los cuñados en las fiestas familiares llevó a millones de personas a endeudarse hasta las cejas para verse propietarios de unos ladrillos que muchos de ellos no lograrán pagar en toda su vida.

El lenguaje se ha vuelto a modificar para encubrir la contumacia de los hechos. Desde el mismo instante de la firma de una hipoteca financiada al 100%, el deudor se consideraba autorizado a proclamar que “se había comprado un piso”, declaración que obtendría por sí misma el visto bueno del cuñado-inspector (gracias a un cínico do ut des, puesto que el cuñado se encuentra en la misma lamentable situación) cuando lo cierto es que lo único que se habrá adquirido será una deuda descomunal de por vida. 

Tres generaciones atrás, incluso en las familias con menos medios  la prole recibía algún bien en herencia. En la generación siguiente, los hijos accedieron a un bien preciado: la educación. Una desbordante cantidad de jóvenes de hoy sólo recibirán un legado de deudas. Ah, y de mala educación.

Pero, ¿por qué nuestros cuñados nacionales creyeron que el valor de sus pisos crecería imparablemente año tras año en un mercado saturado de propietarios? ¿De dónde sacaron esa idea? ¿Son nuestros cuñados, todos los cuñados, unos ignorantes? Y si es así, ¿por qué millones de personas han estado pagando y siguen pagando un sobreprecio descomunal por sus celdas de ladrillo? 

Durante un tiempo creí que los banqueros eran más astutos que nuestros cuñados, pero a la vista de las memeces financieras que han perpetrado, no cabe duda alguna de que un buen puñado de ellos no pasan de ser un maldito rebaño de incompetentes mesmerizados bajo otra modalidad de pensamiento mágico, la cual venía a consistir en la silente creencia en que el pastel inmoblliario se reproduciría por generación espontánea.

Hasta que por fin he logrado comprender el porqué: ¡porque los banqueros también tienen cuñados!

Jose Hermida

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