viernes, 9 de noviembre de 2012

¿Por qué la gallina cruzó la carretera?


La pregunta "¿Por qué la gallina cruzó la carretera?" es una especie de chiste que sólo tiene gracia (y no mucha) si quien lo escucha es capaz de inventarse una respuesta ocurrente. Se  publicó por primera vez en 1847 en una revista literaria neoyorkina, aunque posiblemente es mucho más antiguo y se cuenta como propio en muchos países. 

Algunas de las respuestas a la absurda pregunta son:


- Porque quería cambiar de paisaje
- Porque según Aristóteles es una costumbre que se encuentra en la misma naturaleza de las gallinas.
- Porque buscaba experiencias excitantes para su siguiente libro.

Y mil respuestas más, todas disparatadas. 

Pero yo puedo decir que una de las experiencias más desapacibles de mi infancia era cuando mis primas y yo íbamos de pasajeros en el medio destartalado Land Rover del Catastro, que mi padre conducía a través de aquellas carreteras de diminuto ancho de Os Bergantiños y aparecían a la vista una casa de labor a un lado del camino y unas cuántas gallinas al otro lado. Mis primas y yo sabíamos perfectamente qué era lo que iba a suceder: en cuanto las gallinas advirtiesen que se aproximaba el vehículo, ¿qué harían? ¡cruzar la carretera en tropel, como si estuviesen completamente chifladas, en plan gallina, por supuesto!

El elemento central del asunto es que las gallinas abandonaban un lugar inseguro, pero no peligroso, para refugiarse en su zona de confort, indudablemente segura, pero de mortal alcance. Mi padre tenía cuidado e incluso llegaba a parar por completo el coche, ya que no es que se pudiese atropellar alguna, sino que el parabrisas podía volverse repentinamente opaco tras un ensangrentado telón de plumas.

Muchas veces nos comportamos como esas gallinas. En lugar de mantenernos firmes en una situación de logro o de reto, frente a una amenaza, o incluso ante la oportunidad de abrir nuestras mentes ante una opinión nueva (y por lo tanto distinta de la que manteníamos hasta el momento) nuestro primitivo instinto de conservación nos juega la mala pasada de hacernos dudar de nuestra oportunidad medio paso antes de la culminación del logro, de rendirnos innecesariamente ante amenazas que tal solo se encuentran en nuestra imaginación o de abrirnos a nuevas experiencias y conocimientos que, al módico precio de la admisión de un nuevo enfoque mental, nos podrían aportar riqueza intelectual, riqueza espiritual o incluso... ¡simplemente riqueza!

Escribo estas líneas para compartirlas, es cierto, pero también lo hago a modo de conjuro que afiance nuestra  más firme decisión de no dejarnos arrastrar nunca más por los espejismos de seguridad emanados por personas y lugares aparentemente seguros, pero que no pasan de ser más que chantajes emocionales, pozos negros de puro y simple vampirismo.

Sea. 





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