miércoles, 26 de diciembre de 2012

Newton, la Partícula de Dios, tú y yo.

Dentro de una media hora, o así, iré a la Biblioteca Municipal de Canillejas, en Madrid, para devolver el libro Los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural de Isaac Newton, edición de 1982, a cargo de Antonio Escohotado.


A lo largo de cuatro semanas la obra me ha acompañado como lectura de mesita de noche, obsequiándome con su fascinante humildad, sencillez y magia, por este orden.

Pasado mañana, viernes, volveré a pedirla en préstamo.

El prefacio a la segunda edición, a cargo del editor, Roger Cotes (1682 - 1716), Plumian Professor de astronomía y filosofía experimental del Trinity College, se refiere a Newton como "genio feliz y sublime" que ha llevado a cabo "experimentos que antes parecían imposibles a la mente humana".

Newton  explicó lo sucedido en su célebre sentencia: "yo tan sólo me encontraba aupado a los hombros de gigantes" (Copérnico, Galileo, Kepler), pero también explicó:

"Me siento inducido por muchas razones a sospechar que todos los fenómenos de la Naturaleza puedan depender de ciertas fuerzas en cuya virtud las partículas de los cuerpos, por causas hasta ahora desconocidas, se ven o bien mutuamente impelidas las unas a las otras, y se unen en figuras regulares, o bien se repelen o alejan".

Newton aborrecía las hipótesis y sólo se apoya en lo experimental, en lo medible, en lo científico, apoyándose en consecuencia desde su visión, aupado a los hombros de gigantes.

Exactamente lo que estamos haciendo tú y yo en este preciso momento.

Una vez más:  bienvenidos a la Tribu del Futuro.



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