sábado, 30 de marzo de 2013

Ruiseñores, diosas y ramas crujientes

En esta Anunciación de Paolo de Matteis (1662-1728) el arcángel Gabriel anuncia a María que se encuentra destinada a ser la Reina de los Cielos. El mensajero divino lleva un lirio en la mano, simbolo de la pureza de la Virgen, pero también de la monarquía francesa (la Flor de Lis). Muchos pintores han evocado este episodio neotestamentario (El Greco, Philippe de Champaigne, Simoni Martini y muchos otros) pero no todos han incluido el lirio. Estos días se representa en la Sala Pequeña del Teatro Español la maravillosa puesta en escena del texto de Hugo Pérez con música de Mikhail Studyonov, interpretada en escena por el mismo compositor. La obra ofrece simbología esotérica, una refinadísima puesta en escena, elegancia a raudales, interpretaciones geniales, recursos escénicos rebosantes de inteligencia y buen gusto... y algunos fallos colaterales absolutamente imperdonables.

Me comprometí hace unos días con mi amiga Rocío Royo hacer una recensión del texto de Hugo Pérez. Hace menos de una hora que he salido del Teatro Español y ahora cumplo con mi palabra. 

Traigo dos clases de noticias. Unas maravillosas y otras decepcionantes. Empezaré por las primeras. Las he dividido en dos partes, a saber: la maravillosa mise en scène y la inducción mágico-poética.

EL ABRACADABRANTE ESPACIO ESCÉNICO.
Se ha dispuesto la obra en siete trancos. Todos los aspectos simbólicos se encuentran tratados con bellísima creatividad. Los dos primeros trancos son intencionadamente espectrales; no podía haberse hecho de otro modo: asistimos al momento en que el Verbo se hace carne en el vientre de María. Las actrices hablan tras paños rojos traslúcidos que se ven movidos por el aliento de cada una de ellas (el Espíritu). En esta escena en concreto notas con toda claridad cómo en la sala el público contiene el aliento, pues al tiempo que el texto se deja escuchar, los cerebros de los espectadores entran en fase multitarea preguntándose si son realmente actrices de carne y hueso o más bien se trata de una proyección cinematográfica sobre las gasas que cuelgan del escenario, o que tal vez se trata de espíritus venidos a través del espacio-tiempo, o acaso alguien ha espolvoreado LSD en la sala o que, en el peor de los casos, estás siendo víctima de un ictus y por eso es por lo que estás experimentando esas sensaciones tan raras.

A partir de ese momento, todo va a más.

Actores y actrices se mueven a cámara lenta (admirable el esfuerzo muscular, verdaderamente atlético en algunos momentos, pero delicadísimo, casi etéreo) para recrear no un cuadro, sino cientos de ellos en apenas unos cuantos pasos. En algunos momentos, la precisión de los movimientos te induce a creer que el ángel levita, que sus ropajes se suspenden en el éter, que el tiempo transcurre con un ritmo distinto al que se someten los relojes, y te resulta muy difícil resistirte a la convicción de que los ángeles existen, que María se siente gozosamente atravesada por el Espíritu y que su asombro comienza a impregnarte también a ti.

LA MAGIA, LOS SÍMBOLOS, LA POESÍA.

Debo aclarar en este punto que hace un par de semanas publiqué en el Magazine del diario El Mundo un desenfadado suelto sobre el Espíritu Santo (su simbología, su componente histórico y político, etcétera). Al hacerlo, me vino a la memoria la similitud del concepto teológico de la Trinidad con el hinduísmo: en efecto,

resulta de lo más chocante la similitud conceptual y fonética  con el Trimurti, que es la unidad de Brahma, Visnú y Shiva, y además con el Trikasásana, en el que se funden Shiva, quien, según el día que tenga, crea o destruye el mundo con su propio pensamiento, Anu, quien tiene a su cargo la parte más material, (digamos, la de albañilería) y Sakti, que viene a ser la argamasa de asunto (la Partícula de Dios, en lenguaje del acelerador de partículas). Pero lo más fascinante es que  el hinduismo explica toda esta complejidad mediante el concepto Triputi que justifica la unión de las tres esencias divinas en una sola cosa: el Amor. Exactamente igual que el cristianismo ¿Les va sonando ya de qué va la jugada?

Dentro de dos días tengo que entregar un texto sobre Dalí, algo que haré en colaboración con el psicólogo Àlex Martínez Miralpeix, con el que colaboro en el programa Espejo Público, de Antena3. Yo soy fan del pintor de Cadaqués. Del mago de Cadaqués, mejor dicho. Dalí y Robert Graves (a cuya tumba he peregrinado, como es debido) coincidieron en pensar que en realidad no había religiones distintas. Ni siquiera literaturas distintas. Sostenían que cada generación cuenta la misma historia una y otra vez, aunque con distintas palabras. Dalí bautizó su teoría como el pretencioso título de Método paranoico-crítico que desarrolló en su genial obra El mito trágico del Angelus de Millet (Dalí era un brillante escritor, habilidad que la mayor parte de la gente desconoce) mientras que Graves denominó a su descubrimiento como Método inductivo-poético, que expuso en su monumental obra La Diosa Blanca, pero ambos decían lo mismo: la Diosa-Mujer, que muestra distintos rostros a lo largo del ciclo anual y cuyo referente en el mundo grecolatino es Démeter, está en el centro del Amor, y por lo tanto, del Orden del Universo.

Hace unas horas pude comprobar la veracidad de ambas teorías: en los trancos seis y siete de la obra que se representa en el Teatro Español, vemos cómo la Virgen transita desde su rol inicial de niña virgen a joven madre, a madre arrasada por el dolor y, finalmente a Reina de los Cielos, es decir, a su transformación en la Diosa Blanca (magníficamente lograda en escena), venciendo finalmente al Mal y convirtiéndose en Salvadora de los humanos.

En menos palabras: la obra que acabo de ver es un auto sacramental asombrosamente pagano, profundo, bellísimo, venido desde el fondo de la intuición más que del discurso intelectual, revelador y redentor a un tiempo, y sobre todo, conmovedor, transformador, redentor.

Los actores salieron a recoger los aplausos nada menos que once veces. Con esto está dicho todo. 

Un momento... ¿todo?

No. Ahora toca el varapalo. El folleto que puedes recoger en la taquilla del teatro presenta una repugnante falta de ortografía debido al aturdimiento del redactor, quien en un alarde de ignorancia enciclopédica confunde  los conceptos de ACERBO ("áspero al gusto") con ACERVO ("conjunto de bienes morales o culturales almacenados a través de la tradición" ) y comete la asnada de proclamar el "acerbo popular" de la obra, lo que es tanto como decir que se trata de una pieza de teatro avinagrada. Creo que eso es motivo suficiente para meter en la cárcel a ese sujeto y no dejarlo salir hasta que se empolle el diccionario.

La otra burrada es el mismo título de la obra, a saber: "Dónde mira el ruiseñor cuando cruje la rama", otro escándalo ortográfico: "dónde", con acento, es un adverbio interrogativo (que es la verdadera intención del autor, porque hace decir a María. "¿a QUIÉN mira el ruiseñor cuando...?)" mientras que sin acento es, o bien un adverbio relativo que refiere un lugar ya expresado o bien una conjunción adverbial, y este tipo de cosas no se puede consentir, ya está bien, córcholis.


Jose Hermida
 



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