miércoles, 3 de abril de 2013

Cómo ser un respetado extravagante

En la imagen, Bertrand Russell, matemático, filósofo y activista social. Creía en la extravagancia como un valor saludable para el individuo y la sociedad. En 1951 publicó un artículo en el New York Times contra el fanatismo. El texto concluía con Diez Mandamientos de ineludible cumplimiento si alguien realmente pretendía mantenerse a salvo de los nocivos efectos del pensamiento políticamente correcto. El mandamiento número siete rezaba así: "No temas mostrarte extravagante en tus ideas, puesto que las ideas que hoy son  universalmente aceptadas fueron extravagantes en su principio".

Tengo conmigo en este momento la edición de bolsillo de La conquista de la felicidad, publicada en español por la editorial Debolsillo (traduccción de Juan Manuel Ibeas). En el capítulo Causas de la infelicidad, Russell afirma que si pretendes comportarte en La Habana como si estuvieses en Kabul, o viceversa, tendrás que atenerte a las consecuencias, pero que si eres lo bastante inteligente como para escaparte de lo convencional del entorno, y además haciéndolo con cierto gracejo, poco a poco podrás ir adquiriendo, y cito textualmente," la posición de un lunático con licencia". Como Einstein, Dalí o Virginia Woolf. O Amancio Ortega, cuando iba por las aldeas gallegas con la Vespa repartiendo patrones de boatiné. ¿Lo vamos pillando?

Advierte sin embargo Russell que la mayoría de los supuestos rebeldes lo único que consiguen es el granjearse la antipatía del rebaño debido a su actitud beligerante, y añado por mi cuenta: no sólo no cambian al mundo, sino que lo reafirman en sus disparates seculares. En otras palabras, los del rebaño son unos estúpidos, pero no todos los rebeldes se encuentran a salvo de su propia estupìdez.

Claro que, para que tal salvaguarda tenga lugar, uno tiene que ser, como mínimo, Woolf, Dalí, Ortega o Einstein. 

Y eso ya no resulta tan fácil.


jose hermida.com
morfocom.com



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