jueves, 16 de mayo de 2013

Apasionada historia de amor en Pekín


Una atractiva mujer, en el entorno de sus treinta años, entra en un restaurante de Pekín. Es alta, esbelta, elegante, bella. Sus ojos rasgados, perfilados por su propia naturaleza con una finura tal que ni siquiera la pericia del mejor maquillador de Hollywood hubiese podido conseguir, alcanzan en uno de sus destellos al propietario del local, quien instantáneamente se queda embobado, mostrando los habituales síntomas de desprendimiento de mandíbula inferior, sonrisa estúpida y una marcada curvatura de espalda, como si acabasen de endosarle encima un piano de cola.

La mujer, en un ajustado, aunque discreto, traje de chaqueta career woman de color canela, elige una de las mesas, echa un vistazo a la carta, pide un plato sencillo, extrae de su elegantísimo bolso un reader de Sony y echa un vistazo a las noticias financieras internacionales mientras espera que le lleven a la mesa su comanda. Según la organización del restaurante, la atractiva mujer se encuentra en la mesa número cinco.

- De la mesa cinco me encargo yo, informa el propietario del local al correspondiente camarero.

Si el camarero hubiese mirado directamente a los ojos de su jefe, cosa que no hizo, le hubiese llamado la atención el hecho de que los ojos del propietario, en lugar de pupilas, presentaba sendas espirales psicodélicas que desprendían chiribitas, fugaces destellos multicolores, irradiación de manifestaciones cuánticas a las que los antiguos poetas solían referirse como amor a primera vista.

Cada vez que el dueño sirve a la mesa número cinco, experimenta una atracción gravitacional hacia el mueble,algo que, aún permitiéndole ser el propietario del establecimiento, no le consiente el serlo de su propio cuerpo, rostro y sentimientos. En cuanto a los pensamientos, lo que se dice pensamientos propiamente dichos, carece por completo de semejante cosa.

Finalmente, la mujer pide la cuenta, paga y se dispone a salir del local, momento en el que el individuo de los ojos modalidad espiral psicodélica, armado de valor, o tal vez de desesperación, la aborda con estas palabras:

- Desde el primer momento en que la he visto he quedado totalmente subyugado por su belleza y prestancia. Si usted lo considerase oportuno, a tenor de sus compromisos en lo concerniente a sus sentimientos y condición social, le agradecería extraordinariamente que me concediese una cita a fin de que ambos tuviésemos la oportunidad de conocernos mejor.

Y la mujer responde:

- No tengo ningun inconveniente en manifestarle, señor mío, que ciertamente no me desagrada su propuesta, ya que me he fijado en su delicadeza de gestos, su indiscutible caballerosidad en el trato, destreza profesional y linda figura. De modo que, cuando a usted le parezca bien, quedamos.

- ¡Oh! ¡Qué dicha! -exclama el hombre.

-Pero debo advertirle -añade ella- que jamás he tenido una experiencia sexual, circunstancia que tal vez a usted le incomode.

- ¡Oh, en absoluto! -contesta él con más cara de idiota que nunca...

- Lo que sí quiero significarle -dice ella al mismo tiempo que acompaña su locución con un delicado gesto de la mano que no sostiene el bolso- que aunque mi pericia sexual, por su propia razón de ser, es de todo punto inexistente (dado que me dedico al mundo de las finanzas, ¿sabe usted?) no obstante he leído mucho acerca del tema y me veo perfectamente capacitada para, llegado el caso, hacerle a usted feliz.

- ¡Oh! ¡Qué dicha! -repite él, como si no supiese decir otra cosa. algo comprensible, dado el funcionamiento a medio gas de su cerebro en esos momentos.

***

Para decirlo rápidamente, salen, se conocen, descubren que se aman, fijan la fecha del enlace, se casan, celebran la boda en el restaurante y, tras el jolgorio, se despiden de los invitados y se retiran a su casa.

Es la Noche de Bodas.

***

- Amado esposo, tal como te puse de manifiesto en nuestro primer encuentro, te reitero la circunstancia de mi falta de conocimiento práctico acerca de las relaciones sexuales, siendo así, como recordarás, que te comenté el hecho de haber leído bastante acerca de dicha temática -dice la ejecutiva de un tirón, como si tal cosa.

- Me hago perfectamente cargo de lo que entonces me comunicaste en este sentido, amada esposa. Entonces, ¿qué propones que hagamos esta noche?

Y ellla responde, fría, implacable:

- Un sesenta y nueve.

El profesional de la hostelería china se queda paralizado al escuchar sus palabras. Era lo último, lo que se dice lo último, que hubiese esperado oír. Casi balbuceando, replica:

- ¡¿CERDO AGRIDULCE?!

***

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