domingo, 23 de junio de 2013

Por supuesto que el tiempo pasa, pero para bien.



Después de once años sin pilotar, la semana pasada decidí hacer un curso de reciclaje y volver a volar en parapente. Pensaba que todo iba a ser la mar de fácil y que por lo tanto no necesitaba más que inflar la vela un par de veces y despegar.

Pues no.

Las velas de hoy en día ya no son como la que yo tenía entonces. Ya no hay “sastres” que cortan y cosen la tela, sino ordenadores que lo hacen con una precisión más allá de lo milimétrico. Los mandos resultan extraordinariamente sensibles, las sillas llevan airbag y la sustentación resulta asombrosa para una persona como yo, que empezó a volar en el siglo pasado (en 1993, para ser exactos). El equipamiento de a bordo, con GPS incluido, tiene poco que ver con el variómetro que llevábamos ajustado con una goma elástica a la pierna. Incluso puedes permitirte el lujo de cometer algún error, porque  la misma aeronave toma decisiones por su cuenta en el caso de que te comportes como un cretino.

La lección es ésta: si uno no asume que la cosas cambian, y que cambian a diario, y que ese cambio tiene lugar porque cientos de miles de personas, o más bien cientos de millones en todo el mundo, utilizan sus cerebros para innovar, y que innovan porque en la misma innovación se encuentran las raíces de lo  *especial*, y que en lugar de resistirte a las nuevas ideas te tomas la molestia de ver en qué consisten y qué diablos pueden aportar, tanto a ti mismo como a los demás, el sentido de la vida se abre ante tus ojos con todo descaro, incontrovertible.

Ayer, mientras practicaba inflando la vela, teniéndola ya levantada, y por culpa de una metedura de pata mía, el viento, al que de repente le dio por ponerse frenético, abatió la campana y me arrastró varios metros por el despegue (poco después le pasó lo mismo a un compañero). Me golpeé contra el suelo (bendito casco) pero en cualquier caso me pegué un buen porrazo, y me hice bastantes cortes.

Inmediatamente, y allí mismo, una vez controlada la vela, pensé: “menos chulerías, Jose. El tiempo pasa, pero lo hace, entre otras cosas, para aprender”.

De modo que voy a volver a subir al maldito despegue. Y repetir todo el procedimiento. Pero esta vez, sin arrogancia.

Así funciona el lado bueno del paso del tiempo.

jose hermida
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada