viernes, 26 de julio de 2013

El caso de la habitación 205 del Hotel Histórico Soviético




Como muchos de vosotros ya sabéis, trabajé durante varios años para Naciones Unidas en la sede de Ginebra. Me alojaba en el hotel Cornavin.

 

La jaula de cristal en la que vemos a Tintín, con su fiel Milú. En el hotel Cornavin se inicia una de las aventuras más trepidantes de Tintín,  que es la persecución en helicóptero sobre el lago Leman.


Por cierto, aquí me tenéis en la planta 7 del edificio de Naciones Unidas (soy el de la camisa blanca con el lago Leman al fondo) tratando de arreglar el disparate que organizó un pseudo ecologista llamado Al Gore, quien engañó a todo el público mundial en un alarde de descaro sin límites y encima se llevó la pasta del premio Nobel. Muy por encima del nivel de Zapatero, sin duda alguna.

¿Voy demasiado rápido?

En aquel momento yo representaba a España en ese comité y mi función consistía en coordinar el trabajo  de apoyo a países en vías de desarrollo en materia de comercio electrónico. A mi derecha, el presidente de la Global Trade Point Network y a mi izquierda el secretario general de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) (el tipo de la barbita y el pelo mal cortado).

Cruces de intereses, presiones de aquí y de allá. Fue una negociación que se extendió durante tres jornadas de ocho horas. Eso cansa. 

La cosa es que la noche del tercer día, de vuelta al Hotel Cornavin, y en la misma plaza que da nombre al hotel (si eres tintinófilo y te pasas por allí, verás que sigue exactamente igual que cuando Hergé la dibujó en *El Asunto Tornasol*) me paré en una de las brasseries de la plaza y entablé conversación con un norteamericano que andaba un poco chispa. Cometí la imprudencia de decirle yo primero a qué me dedicaba. 

Casi enseguida me di cuenta de que el americano trabajaba para la Agencia. La identificación de un espía de la Agencia es pan comido: si no tiene el menor aspecto de trabajar para la Agencia, entonces es que trabaja para la Agencia. Los espías se encuentran tan especializados que a veces se caracterizan como personas que trabajan para la Agencia, a fin de que creas que no trabajan para la Agencia.

Él quería saber para quién trabajaba yo. Más que nada, por seguridad. La seguridad es importante. Estás hablando del clima y de repente notas una ligera presión en el lado derecho del abdomen y tu hígado salta destrozado en pedazos incandescentes por efecto de una Glock G30S de fabricación austríaca. Esto de la política internacional va así. Hay que ir con cuidado. Especialmente con los muchachos de la Agencia.

Pero yo le había caído bien al americano. Aparentaba unos treinta años arriba o abajo y tenía estilo. Pidió una copa más y ese fue el momento en el que mencionó el asunto de la habitación 205.

- ¿Has oído hablar alguna vez de lo del asunto de la habitación 205?

Le contesté que no yo no tenía ni idea del asunto de la habitación 205. Insistió:
 
- Pero sabes quién es Mathias Rust, ¿no?

Le respondí que sí. Rust era el chico que el 28 de mayo de 1987, y pilotando una avioneta de alquiler, había burlado todos los dispositivos soviéticos de defensa aérea, lo que permitió a Gorbachov destituir a los generales más reaccionarios del régimen y dando inicio a la histórica etapa de la *Perestroika* o "renovación" de la política rusa. La caída del Muro de Berlín tendría lugar dos años más tarde.

- Bueno, ya. ¿Pero qué tiene que ver Rust con el asunto de la habitación 205?

Lo que me dijo es algo que prometo contarlo otro día. Palabra.





 


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