martes, 10 de diciembre de 2013

Ánimo y sosiego.



El psiquiatra Abraham Maslow desarrolló el concepto de Experiencia Cumbre como la sensación de encontrarse en plena armonía con uno mismo y con todo lo existente. Se trataría en efecto de un sólido, complejo y ordenado dispositivo físico, mental, emocional y ético que nos proveería de la suficiente certeza como para asegurar que nuestras vidas han sido dignas de haber sido vividas.
 
Es cierto que el concepto de Maslow está relacionado con el éxito, pero sólo de forma tangencial. La idea de la Experiencia Cumbre resulta mucho más trascendente que el simple hecho de disponer de más o menos recursos materiales, inteligencia o reconocimiento social, a pesar de la indiscutible importancia que estas tres últimas cosas pueda suponer para muchas personas.
 
Las fotografías que ilustran este post las tomé el pasado viernes en Arcones, provincia de Segovia, España. Se trata de un conocido despegue de alas delta y parapentes situado a 1.830 m de altura, con un desnivel con relación al aterizaje de 650 m. Veinte años atrás yo venía aquí a menudo a volar. Me encantaba hacerlo cuando había nevado lo suficiente como para desanimar de la caminata a los más perezosos, y por eso en varias ocasiones pude despegar desde la cumbre totalmente en solitario (una imprudencia, desde luego, pero bellísima y emocionante). Después de haber estado sin volar más de once años, y tras haber seguido un curso intensivo a lo largo del pasado verano, consideré que había llegado el momento de vover a experimentar aquella deliciosa sensación.
 
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Cuando tienes más de sesenta años las cosas no resultan tan fáciles. A medida que ascendía por la ladera a través del bosque, me iba hundiendo más y más en la nieve. Los más de veinte kilos de mi parapente, con su enorme silla de pilotaje, me pusieron las cosas lo suficientemente complicadas como para que en varias ocasiones me sintiese tentado por la idea de desistir del intento y regresar al llano con el rabo entre las piernas. La nieve había borrado por completo la senda y terminé por perderme en la desviación que conduce hacia el valle situado al este del que yo había partido.
 
Pero desanduve el camino y por suerte encontré las huellas de un gamo. Las huellas de los animales cuando trepan trazan un camino de ergonómico con una precisión tan exacta en el equilibrio esfuerzo/resultado que envidiarían algunos ingenieros de caminos; así fue cómo pude seguir hacia arriba, aunque al borde de la extenuación, y alcanzar la zona de despegue.
 
La subida me llevó tres horas y diez minutos, es decir, el doble de lo previsto. A lo largo de ese tiempo, el viento había rolado y ahora soplaba hacia el valle (sólo se puede despegar con el viento de cara). Pero no sólo no me importó ese contratiempo, que invalidaba la oportunidad de mi vuelo. Me sentía realmente dichoso por haber logrado llegar a la cumbre, o bien, para ser más exactos, por no haber desistido en mi empeño. Lo de volar había pasado a ser algo secundario, casi intrascendente.
 

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Cuando me disponía a escribir este post me vino a la cabeza El viejo y el mar, de Hemingway: el gran pez, tras la lucha contra el pescador de sol a sol, termina siendo devorado por los tiburones. No se consigue por lo tanto la pesca en su sentido literal, sino algo mucho más valioso: el no haberse rendido, el haberse vencido a sí mismo, esa inexplicable fusion entre victoria y derrota, entre impotencia y poder incontestable. Yo no pude volar ese día. Pero volé más alto que nunca antes lo había hecho, porque el ánimo y el sosiego quisieron estar allí.

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(La idea sobre la que se basa este post forma parte de una de las Historias de ánimo y sosiego, cuya publicación tendrá lugar en el primer trimestre de 2014).
 

 


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