lunes, 31 de agosto de 2015

La arquitectura de la Estupidez



En el post anterior tuvimos ocasión de comentar los riesgos en que incurrimos cuando no somos capaces de distinguir la maldad de la manipulación, pero la Estupidez humana puede suscitar auténticas catástrofes.

En su célebre opúsculo Allegro ma non troppo, el economista  Carlo Maria Cipolla disecciona la reglas fundamentales de la estupidez humana destacando el factor decisivo de la Estupidez en cuanto a los daños colaterales que puede llegar a producir. El profesor Cipolla resumió en este cuadrante las cuatro actitudes básicas que pueden darse al cruzar la inteligencia con la maldad:  


El gráfico nos muestra que el menor nivel de inteligencia (o sagacidad) se corresponde con el incauto y el estúpido, quienes se desentienden del propósito de obtener la mayor ganancia posible a partir de sus acciones, todo lo contrario de lo que sucede en la columna de la derecha con el inteligente y el malvado.

Lo que sucede es que una lectura inteligente del gráfico nos indica que el malvado también puede ser estúpido, e incluso extraordinariamente estúpido, siendo éste el individuo más peligroso de todos, a saber: el que está dispuesto a hundirse en la miseria siempre y cuando pueda hacer daño al prójimo.

El verdadero peligro se encuentra en la reducida visibilidad de la estupidez. Nuestro compromiso cognitivo inicial suele decantarse por la opinión de que el individuo que nos acosa en el trabajo, el cuñado que proclama su sabiduría en la cena de Navidad y el jefe que no escucha nuestras sugerencias porque está convencido de que tiene visión chamánica sobre todo acontecimiento pasado, presente o futuro, no son unos descerebrados, cuando la lógica más elemental  nos debería dar a entender que el acosador es un enfermo mental, el cuñado un majadero y el jefe un bebedor empastillado afectado por una hipoacusia severa.

La Cuarta Ley Fundamental de la Estupidez Humana de Carlo Cipolla reza así:
"Los no estúpidos subestiman siempre la capacidad de hacer daño de los estúpidos. De hecho, los no estúpidos olvidan  que el trato con estúpidos implica un notable riesgo"
Desgraciadamente, lo que esta Ley sugiere es que los no estúpidos... también pueden ser estúpidos. 






domingo, 30 de agosto de 2015

La arquitectura de la maldad



¿Es más arrollador el poder del Mal que el del Bien? El del Mal, sin lugar a dudas.

The Sunset Limited (Al borde del suicidio en su versión en español) es una inquietante obra de teatro de Cormac McCarthy, adaptada para TV y posteriormente llevada al cine, que nos facilita importantes pistas acerca de nuestra capacidad de resistencia a la manipulación.

Un homicida de raza negra (Samuel L. Jackson), convertido a una secta cristiana tras haber cumplido su condena, salva la vida a un profesor universitario de raza blanca (Tommy Lee Jones) justo en el momento en que éste trata de quitarse la vida lanzándose a las vías del metro. El resto de la acción transcurre en el mísero apartamento del ex presidiario, quien Biblia en mano, trata de convencer al suicida de que es mejor conservar la vida que perderla. Sin embargo, la sólida dialéctica esgrimida por el profesor arrolla al ingenuo autodidacta y no sólo le convence de que el suicidio es la opción más razonable, sino que, en un diabólico ejercicio de crueldad intelectual, consigue que su indefenso interlocutor pierda por completo su fe y comience a plantearse la conveniencia de darse muerte a uno mismo.

En la imagen, Simonetta Vespucci posando como Cleopatra, cuadro de  Piero di Cossimo, 1480. La modelo lleva  alrededor de su cuello, a modo de collar, el áspid que, según la leyenda, habría encargado de morder a Cleopatra en un pecho, provocándole la muerte. En realidad, la reina no se suicidó por ningún motivo filosófico, sino porque sabía que iba a ser exhibida como esclava en la ceremonia romana del Triunfo. 

Hegesias de Cirene, filósofo del siglo IV a.C. predicaba en Alejandría las bondades atribuibles al suicidio, por lo que las autoridades le prohibieron que hablase en la plaza pública, puesto que un considerable porcentaje de sus oyentes, en efecto, se quitaba la vida tras escuchar sus aparentemente razonabilísimos argumentos.

La confrontación dialéctica, y su extensión material (destrucción de obras de arte, interdicción de opiniones y uso del idioma, proclamación de la conveniencia no ya del suicidio, sino incluso del genocidio, así como muchas de las otras formas que adopta el ejercicio de la dominación, y sobre todo, la prohibición de soñar) escupen sobre los infelices sometidos algo más que veneno: contaminan in extenso las mentes de sus mansos oyentes conduciéndolos hacia autolesiones morales, éticas, económicas, culturales. 

Es evidente que el Mal resulta fácilmente identificable para cualquier nivel de inteligencia. El hambre, la humillación, la negación de derechos, la injusticia, la pobreza, el nepotismo, la mutilación de la libertad, el dolor físico, la muerte, son males inequívocos. Lo que ya no resulta tan perceptible es la manipulación de las creencias. La maleabilidad intrínseca al pensamiento humano facilita la inducción de un curso mental u otro. ¿Quién en su sano juicio aceptaría órdenes injustas, propósitos perdedores, actitudes degradantes o panegíricos suicidas? Todo eso sucede a diario en oficinas, hogares, convocatorias electorales y organizaciones de todo tipo. ¿Por qué?

La libertad de elección no es un proceso lineal y tampoco siempre sigue un curso totalmente lógico. La única herramienta que tenemos a nuestro alcance para no resultar perversamente seducidos ni maliciosamente engañados es la de ser capaces de distinguir lo que diferencia al Mal Evidente de esa etérea maniobra denominada Manipulación.

Revisemos nuestro día a día y comprobemos si realmente se muestran libres todos y cada uno de los segundos de nuestras vidas.