miércoles, 25 de noviembre de 2015

El dudoso valor de la experiencia



Quienes acostumbran a leer los consejos que los community managers publican en las redes sociales a modo de promoción han podido comprobar cómo algunos de esos consejos cambian radicalmente de sentido como mínimo una vez al año. En términos de marketing, ¿las necesidades de los consumidores realmente fluctúan a ese ritmo? Yo no me termino de creer tal cosa. Estamos en el futuro, pero no tanto.

Durante un semestre nos recomiendan que reutilicemos los posts del año pasado y al semestre siguiente leerás que no te conviene hacer tal disparate. Seis meses más tarde la recomendación es que no dejes de hacerlo.

En realidad, lo cierto es que los cambios de criterio de los consumidores coinciden necesariamente con los plazos de las amortizaciones de su anterior inversión más inmediata. Cuando el consumidor deja de percibir valor (o utilidad esperada) y ello tanto si se trata de amortizar una lavadora o la forma de neutralizar la irrupción de un competidor agresivo en el mercado, las necesidades de la persona, o de la organización, varían en función de la utilidad que obtienen del producto o del servicio.
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Un gran número de seguidores no implica necesariamente un gran número de ventas. A veces coinciden ambos propósitos, pero si la cosa fuese tan sencilla, en estos momentos todos seríamos millonarios. Lo interesante de todo esto es que los procesos de cambio, cada vez más acelerados, generan sinergias no del todo felices, como por ejemplo:

  • Que los seguidores de una moda de marketing creada de la nada, cada vez saben más acerca de las cosas que no funcionan, pero cada vez menos de las que funcionan, en el caso de que realmente funcionen.
  • Que el aumento de la experiencia de los usuarios seguidores de cada moda alternativa influye en la forma en que los expertos se esfuerzan para aportar nuevos consejos bajo el paraguas de la "novedad infalible" (obviamente no pueden seguir recomendando lo mismo que los demás, y por eso necesitan innovar, no en utilidad, sino en diferenciación).
  • Que en definitiva, nadie sabe qué es lo que va a suceder realmente, ni los usuarios ni los consejeros.

Jose Hermida

lunes, 23 de noviembre de 2015

Aprender a aprender



El planteamiento habitual a la hora de diseñar un curso de formación consiste en dar por supuesto que, tras la experiencia formativa, la gente saldrá del aula sabiendo hacer más cosas de las que sabía hacer antes del curso o acaso haciendo las mismas cosas, pero mejor.

Lo que sucede es que los alumnos solamente aprenden lo que les enseña el profesor (y no siempre, por supuesto). ¿No resultaría más enriquecedor que el alumno siguiese aprendiendo más cosas tras la conclusión del curso?

El primer tipo de aprendizaje es convencional, mientra que el segundo, denominado aprendizaje generativo es propio de las organizaciones comprometidas con la mejora continuada, no sólo impulsan el rendimiento, sino un mayor nivel de realización personal. La diferencia está en que el primer aprendizaje consiste únicamente en "aprender" mientras que el segundo ayuda a "aprender a aprender". 

El antropológo británico y experto en comunicación Gregory Bateson estudió el entrenamiento de delfines en el Instituto de Investigación Marina de Hawai y pudo comprobar que, en términos relativos, resulta fácil enseñar un par de trucos a un delfín, pero que lo fascinante tiene lugar cuando el delfín llega a comprender que él mismo, y por su propia cuenta, puede crear nuevas piruetas, juegos, e incluso travesuras. En otras palabras, los delfines "aprenden a aprender". 

Los formadores que son capaces de aportar aprendizaje generativo a sus alumnos suponen un valor inestimable no sólo a las organizaciones... ¡Sino a sí mismos!

En todo caso lo cierto es que convendría que muchos otros profesores también se tomasen la molestia de aprender a aprender.