lunes, 17 de octubre de 2016

Malcolm X. El Marco Personal y la comunicación persuasiva.

Malcolm X 

(Foto de Marion S. Trikoko, Biblioteca del Congreso de EE.UU.)

Malcolm X, nacido como Malcolm Littl. Se le considera como uno de los más influyentes afroamericanos en la historia estadounidenseSu nombre oficial completo era El-Hajj Malik El-Shabazz. Peregrinó la Meca y se convirtió al sunismo. Fue un radical defensor de los derechos de los afroamericanos (validaba el uso de la violencia) hasta el extremo de que sus detractores le acusaron de racismo contra la raza blanca. Antes de entrar en política había trabajado para la mafia.

El sociólogo canadiense Erving Goffman, en su ensayo maestro Frame Analysis. El marco de la experiencia (Ed. Centro de Investigaciones Sociológicas, p. 267) cita un episodio de la autobiografía de Malcom X en el que este activista cuenta cómo tras haber robado mercancía, se cruzaron con un coche patrulla de la policía. Era de noche y los policías al ver que eran negros, dieron la vuelta para detenerlos. Había dos opciones: una, tratar de huir y dos, sacar las armas y pelear. Malcom X ordenó a los suyos que detuviesen el automóvil, se apeó y caminó con sangre fría hacia el de los policías, que se había detenido detrás. Aparentando confusión, les preguntó si podían indicarle una dirección, alegando que se habían perdido. Los policías le dieron las indicaciones pertinentes, y a continuación, en palabras de Malcolm, "continuamos con nuestros respectivos asuntos".

Lo que en realidad sucedió fue que Malcolm cambió el marco de percepción de la policía. El marco inicial era negros-por-la-noche-sospechosos-de-delito, pero Malcolm lo cambió por el de negro-torpe-desorientado. En el mundo de los negocios, pero también en la vida diaria, nos fiamos demasiado de la utilidad del comportamiento racional. En una entrevista de trabajo, una negociación u otra situación conflictiva se acostumbra a dar por cierto que bastará con "tener razón". Este enfoque carece por completo de validez. No basta con tener razón: es preciso que los interlocutores perciban que, en efecto, la situación que describimos (el marco) es el correcto, y solamente verán que es el correcto si es el que les conviene (en el caso de la patrulla policial, les convenía que no tuviese lugar un tiroteo).

En toda interacción conflictiva el sujeto asume que solamente hay dos opciones: someterse o huir. Esta perspectiva del binomio dominación/sumisión es un mecanismo primitivo de supervivencia... ¡pero no es racional! 
***
El padre de Malcolm X había sido asesinado por su actividad sindical y su madre enloqueció por esta causa. Malcolm fue asesinado por fanáticos de raza blanca durante un discurso  Recibió dieciséis disparos.


martes, 4 de octubre de 2016

¿Entrevista de trabajo? Recuerda: información = poder.


A propósito de la anterior entrada "Por qué es tan contraproducente *pedir* empleo",  me acaban de preguntar  cómo evitar verse en una posición de inferioridad frente a la persona con la responsabilidad de seleccionar a los candidatos, y concretamente, también quiere saber cómo construir los mensajes clave del diálogo para mostrarnos creíbles y convincentes.

Lo primero que debemos tener en cuenta es que nuestro interlocutor, con toda seguridad, precisa nuestros servicios. Eso hay que metérselo en la cabeza. En otro caso, ¿a santo de qué nos hubiese llamado? Por eso es tan importante haber investigado previamente cuáles son tanto los problemas como los objetivos de nuestro interlocutor (Internet no solamente está para publicar nuestras selfies: por encima de todo es una colosal fuente de información que se encuentra a nuestra disposición noche y día).

Visitemos la web de la empresa en la que queremos entrar, veamos qué hacen, cómo evolucionaron y cómo ven el futuro. Cómo se quieren diferenciar de la competencia, cuántos empleados tienen, quiénes son los que mandan, etcétera.

Y además, (mucha atención a esto), hagamos lo mismo con las webs de sus competidores. ¿En qué son más fuertes o más débiles los demás? ¿Cómo tu posible ayuda podría ser relevante en relación a tus conocimientos, experiencia y, por encima de todo, tu actitud? La inmensa mayoría de los candidatos van a "pedir", mientras que los que suscitan interés es porque van a "dar".

Todo esto es de rematado sentido común.

La empresa con la que estás teniendo o vas a tener una entrevista de trabajo, lo que desea, por encima de todo es AYUDA, y lo último que desea es perder el tiempo contigo o con quien sea.

¿Cuántas veces hemos escuchado la fórmula "información = poder"? El lenguaje desempeña una función sustantiva en una entrevista de trabajo: demuéstrales que te has tomado la molestia en saber quiénes son, qué quieren, dónde les duele y qué es lo que crees que puedes aportar. Puede que sean tus conocimientos, tu experiencia o, simplemente, tu ilusión.

Instantáneamente dejarás de ser "uno más".

Pero una persona que solamente "pide" es que no tiene nada, lo que se dice absolutamente nada que ofrecer.

***





kj
Lo que debe
En efecto, es como dices: esa persona necesita tus servicios, experiencia o incluso, simplemente, TU ACTITUD. Por eso es tan importante en las entrevistas de trabajo haber investigado previamente cuáles son tanto los PROBLEMAS como los OBJETIVOS de tu interlocutor. Si la otra persona ve tu disposición para ayudarle, bien a conseguir sus objetivos, bien a resolver sus problemas (o parte de ellos) tú consigues inmediatamente "aumentar de nivel" ante los ojos de la otra persona. En cambio, si nos rebajamos a la adulación y mostramos indecisión o miedo, la otra persona SE ASUSTA (¡y con toda la razón!) porque lo que quiere es QUE LE AYUDEN. Me ha parecido muy interesante tu pregunta, por lo que la voy a desarrollar un poco más en el blog. Un saludo.



lunes, 3 de octubre de 2016

Por qué es tan contraproducente pedir empleo.


Por regla general, el dinero es lo último que cuenta en una negociación. Lo primero es que nuestra credibilidad resulte visible. Ofrecemos una pésima impresión si transmitimos el mensaje “estoy pidiendo dinero” a cambio de un producto o servicio porque lo primero que se consigue es el transmitir que dicho producto o servicio… carece de valor. 
Por lo tanto, la consecuencia inmediata es que nos posicionamos en una “situación social de bajo nivel”. Ni siquiera como betas, sino por lo menos como gammas, que es lo peor de lo peor, Lo mismo sucede en el caso de pedir un empleo). Si “pides” un empleo lo peor que te puede ocurrir es que “te lo concedan”. Si tal cosa sucede, equivale a llevar un cartel en la frente que proclame: “tráteme como basura”. Eso lo he explicado en Hablar sin palabras. Tiramos por el suelo nuestra imagen, la credibilidad de nuestra competencia profesional… y nuestra autoestima. Por chocante que pueda parecer, el pedir algo aterroriza a quienes pueden darnos lo que pedimos. ¿Saben que piensa el interlocutor? Esto: “¡Socorro! ¡Están intentando estafarme!”.

lunes, 19 de septiembre de 2016


¡Hola! Soy El Genio de la Lámpara y tengo para ti una buena y una mala noticia.
La buena noticia es que puedo concederte tres deseos: hacerte más inteligente, hacerte más feliz y hacerte más rico. La mala noticia es que de entre las tres cosas solamente puedes elegir dos de ellas:

- MÁS INTELIGENTE Y FELIZ
- MÁS INTELIGENTE Y RICO
- MÁS FELIZ Y RICO

Ten mucho cuidado al elegir, porque a veces los deseos se convierten en realidad.

sábado, 20 de agosto de 2016

Las palabras crean realidades - II


¿Dirías que esta chica es la ganadora del Oro en Bádminton? Pues lo es: Carolina Marín. Perdió el primer set. Su entrenador, Fernando Rivas, no le dio ni la más mínima instrucción técnica, solamente le dijo:
"Recuerda a esa niña de 14 años que llegó a la academia Blume y quería cumplir su sueño. Esa niña de 14 años me dijo lo que quería, esa niña de 14 años confía en ti. Esa niña sabe cual es el plan de juego y juega con disciplina, porque es su sueño. Y ese deseo que tú tienes es más fuerte".
Recuerda:

LAS PALABRAS CREAN REALIDADES

jueves, 18 de agosto de 2016

Cómo crear una realidad positiva a diario.

La expresión "en defensa de..." suena valerosa, comprometida, decidida.  Pero también tiene otra lectura: "anticipación de la derrota". Lo podemos ver con mayor claridad en el contexto político. Recuerden la consigna "No pasarán"; el mensaje subyacente es: "Se quedarán donde están". o expresado de otra manera, "Seguirán al acecho". "No pasarán" es una consigna que canibaliza el ánimo, la esperanza, la fe, y lo que es peor, ¡estimula el deseo de pasar por parte del rival!

Si lo contemplamos desde el punto de vista de la competitividad empresarial veremos algo similar: Pepsi se viene empeñando desde hace más de medio siglo en que Coca no pase. ¿Resultado? La compañía se ha visto obligada a dedicarse al mantenimiento de una diáspora de productos, franquicias y otros ingenios mercadotécnicos para mantener contentos a los accionistas. El negocio no va mal ni mucho menos, pero la joya de la corona va en segundo puesto, y cuando dos grandes competidores luchan, el segundo no es es realmente el segundo. Es el perdedor.

Pasemos ahora a nuestras vidas privadas y profesionales. "No podrán conmigo" es una expresión verdaderamente venenosa, sobre todo cuando realmente uno se encuentra bajo presión. Evidencia la anticipación de la derrota a la que más arriba me refería. ¿Qué pasaría si construyésemos la misma idea en su versión positiva?

Piense usted en las confrontaciones, amenazas, proyectos y resistencias que tiene que gestionar en el día a día y en el medio y largo plazo (si usted no se encuentra en ninguno de estos escenarios es que no percibe el mundo real que le rodea, y disculpe la franqueza). Cambie el "No podrán conmigo" por una expresión en positivo. No le voy a dar ninguna pista. Usted puede hacerlo, de modo que hágalo, y cuando lo haya hecho, notará los efectos de una insospechada energía suplementaria capaz de transformar el sufrimiento en un estimulante reto.

Ya lo verá.

jueves, 14 de julio de 2016

Leones en la playa



Son las ocho de una tarde de junio, la temperatura es agradable y todavía hay mucha luz natural. En la coctelería Casa Fugger unos clientes consultan su famosa carta de bebidas, que contiene más de cien combinaciones distintas, cada una de ellas con la descripción detallada de su contenido, intensidad, sugerencia del momento del año más adecuado para consumirla, y en la mayoría de los casos, el registro de su inventor y alguna que otra referencia acerca de cómo y por qué se le ocurrió esa combinación.
Alrededor de la barra se pueden ver más tragos largos que cortos, tal como suele ser habitual en verano. En un extremo de la barra hay un jarrón con flores, siempre hay flores en el bar, las llevan desde la cercana floristería que hace esquina con la Plaza del Ángel. El barman se siente orgulloso de las flores, de la barra ondulada, diseñada así para evitar las hirientes y vulgares aristas de los mobiliarios funcionales. El local devuelve el mimo de su diseño al visitante. Desde la primera vez que entras allí sabes que estarás a gusto.
Sin embargo hay veces en las que algunas personas, desconociendo que se trata de una coctelería de postín, piden combinados vulgares, de los que se preparan con un único licor y algún abominable refresco industrial. A pesar de ello se les atiende igualmente. Con frecuencia, al ver que las copas de los demás clientes (los negroni, collins, los mezcalitos, sunrises, manhattans y destornilladores) se sienten innecesariamente fuera de lugar y no vuelven, lo cual no es una mala noticia, sino todo lo contrario, porque gracias a ello se mantiene en el local una especie de sofisticada hermandad que inspira cierta confianza.
Aquella tarde entró en el local alguien que, con toda seguridad, no volvería nunca más.
Era un tipo de corta estatura, aunque arrogante. Llevaba botos vaqueros con gran tacón, como si acabase de dejar el caballo a la vuelta de la esquina. Iba repeinado y exhibía largas patillas, que le daban un aspecto de cowboy de opereta.
Se acercó a la barra y exigió, más que pidió, un gin tonic. El barman orgulloso de su exquisito bar se comió temporalmente su orgullo y se lo sirvió. El hombrecillo bebía con parsimonia. Al alzar el vaso para cada trago extendía el dedo meñique. Miraba despectivamente al resto de los clientes de izquierda a derecha y fue más que visible cómo se sorprendió al ver que todo los demás, menos él, tenían llamativas copas, por lo que reforzó la frecuencia de sus hirientes miradas, siendo así que nadie reparaba en ello. De forma llamativa consultaba su reloj con frecuencia, lo que daba a entender que acaso esperaba a alguien que se retrasaba. En un momento dado se acercó a la puerta y asomó la cabeza a la calle, mirando hacia ambos lados. Esta operación la llevó a cabo en varias ocasiones, entre las cuales volvía a sujetar el vaso, extendía el dedito meñique y se apañaba un par de sorbos. Viajaba después de la puerta a la barra y de ésta a la puerta, mirando el reloj cuando se encontraba junto a la primera y a la calle cuando junto a la segunda. Por fin se vio que la persona que estaba esperando llegaba, porque inclinó la cabeza hacia un lado, se dio dos palmaditas en una mejilla con el envés de la mano dando a entender un reproche por la tardanza, siempre mirando hacia algún lugar determinado de la calle no visible desde el interior del local,  se separó algo más de la puerta, ya con los pies en la calle, extendió los brazos, alzó los hombros y expresando un reproche que los de dentro no alcanzaron a oír, porque ya había cerrado la puerta desde fuera, avanzó unos pasos hacia el tardón y desapareció para siempre de la vista del barman.
El barman, un minuto más tarde, maldijo su ingenuidad y se juró que nunca, nunca, nunca, volverían a hacerle semejante jugada.
***
Era diciembre. En aquel momento de la noche no había ni un solo cliente en el bar. La nieve había cubierto la coqueta placita de San Juan. El atractivo barman, apoyado en la barra, aprovechaba esos momentos en que después de una agitada tarde de gimlets, horse’s necks y manhattans contaba con un paréntesis de tranquilidad para retomar la lectura de un librito que días atrás había comprado a un anciano que exponía su mercancía literaria sobre una raspada lona frente a la entrada del Real Conservatorio de Música.
El pasaje que el joven barman leía en aquel momento narraba una escena en la que un anciano pescador contaba a su vez una experiencia de su juventud cuando se encontraba enrolado en un velero de altura que cubría una ruta a lo largo de la costa atlántica de África. Un atardecer, mientras estaba apoyado en la borda del bajel contemplando la selva que llegaba hasta la orilla del mar, había divisado unos leones que corrían a lo largo de la playa. Esa visión le había hecho feliz.
El barman apartó los ojos del libro para imaginarse por su cuenta esa felicidad que no se explicaba en el relato, sino que tan solo se mencionaba. ¿Cuál sería la visión o el milagro que pondría a su alcance una experiencia similar? Una visión insólita. Leones junto al mar. ¿Cómo no recordar eso a lo largo de toda una vida?
A través de los cristales acomodados en los vanos de las puertas de madera pintadas de bígaro se dejaban ver las menudas mariposas blancas que iban a acostarse sobre la calzada siguiendo un patrón caótico y preciso al mismo tiempo. Permaneció pensativo mientras contemplaba las calles inmaculadas. Ni una pisada, ni una huella de vehículo. Las cristaleras del bar se extendían en torno a la esquina de la calle. Entonces fue cuando vio al muchacho negro.
Al otro lado de la plaza, en la esquina donde confluyen la calle de Santa María con la de Jesús, estaba de pie un muchacho negro. Llevaba un abrigo por lo menos dos tallas por encima de lo que su menudo cuerpo necesitaba, una de esas prendas que algunas ONG facilitan a los inmigrantes sin recursos. El chico pateaba el suelo de vez en cuando. Cuando el barman se disponía a retomar la lectura, una pareja habitual entró en el local.
   Buenas noches.
   Buenas noches. ¿Lo de siempre?
Lo de siempre para la pareja era Mula de Moscú para él y Gimlet para ella. Los dos dijeron que sí. El barman preparó la Mula directamente en vaso collins con vodka, ginger ale y dos tiras de corteza de pepino, que es la forma ortodoxa de preparar ese combinado. El gimlet lo elaboró en vaso mezclador, que evita la turbiedad propia de la coctelera, y añadió dos guindas verdes, para dar luminosidad a la copa, colocándola estratégicamente bajo uno de los focos, haciendo así del recipiente, por arte de magia, un trago irresistible, porque ha de saberse que lo más importante para el éxito de un combinado son tres cosas: una, los peinados de las señoras, dos, que la gente disfrute de la conversación y tres, el aspecto de la copa. Todo lo demás es secundario.
El chico negro seguía en la misma esquina.
Poco después de las once llegó una de sus ayudantes, la sicalíptica Cintia (ceñida y suelta, descocada e inalcanzable, accesible y distante,  todo al mismo tiempo) que venía de cenar. Comenzó a llegar más público. Al cabo de una hora no cabía un alma en el local. Muchos ya habían tomado el primer trago y un tolerable vocerío creaba el ambiente adecuado para una noche divertida.
El miembro de un grupo en el que todos tomaban Margaritas buscó la mirada del barman, levantó un brazo extendiendo el dedo índice en horizontal y haciéndolo girar paralelamente al suelo, símbolo universal para indicar otra ronda. El barman contestó con guiño y asentimiento de cabeza, que es el código adecuado de confirmación cuando hay demasiada gente contenta en las inmediaciones.
Al fondo había un grupo de gente que quería repetir y otros dos pedían la cuenta. Un tipo trataba de tontear  con Cintia que también tenía  más comandas pendientes aparte de los tragos que preparaba en ese momento. El trabajo les estaba desbordando. Podía producirse un cataclismo de un momento a otro.
El barman tuvo que volverse de espaldas a la clientela a fin de alcanzar la botella de Cuervo, situada en el tercer estante de la pared interior de la barra. Asió la botella y volvió a girarse de cara al público.
Fue como una aparición: al otro lado de la barra, a cuatro palmos y medio de distancia, estaba el chico negro con su enorme abrigo, materialmente aplastado entre dos grupos de clientes eufóricos. El chico le miraba sonriendo y él le devolvía una mirada de asombro, como si se encontrase asistiendo a una superlativa anomalía del espacio tiempo.
   Señor, whisky, por favor —dijo el chico.
Dijo “uiskí”, acentuando la última sílaba. Volvió en sí el barman. Un whisky es cosa rápida de servir, por lo que se lo puso inmediatamente, para seguir cuanto antes con los Margaritas que tenía pendientes. Corteza de limón para humedecer los bordes de las copas, voltear estas para impregnarlas sobre un platillo con algo de sal cuidando que se distribuya uniformemente, sin grumos, disponerlas sobre la barra, hielo a la coctelera, ni mucho, para que pueda batir correctamente con los ingredientes ni poco para que no se agüe, el Triple Seco a razón de un sexto por copa y otros tantos sextos de zumo de auténtico limón, jamás el de los sucedáneos embotellados que echan a perder la magia de la copa y finalmente los dos tercios de tequila por cada copa de la demanda.
Por el rabillo del ojo vio el barman que Cintia iba a agitar su coctelera con otros tragos, ella se puso al tanto de lo que él le pedía, ambos alzaron ligeramente las cejas para dar por recibido el mensaje, ambos comenzaron a agitar sus respectivas cocteleras durante uno, dos, casi tres segundos, en total ocho golpes en alto, la señal para dar comienzo  al numerito del vete-y-vuelve, pericia que tanto deleita al público: se lanzan las  cocteleras por detrás de la espalda y cada uno se queda con la del otro al vuelo, dos golpes más y las vasijas de alpaca recorren el camino inverso, la gente aplaude y silba para celebrar la hazaña, el chico del whisky está maravillado.
Fue entonces cuando el terror hizo acto de presencia. El chico del whisky alzó el brazo izquierdo para levantar la manga de su desproporcionado abrigo y consultar su reloj y a continuación miró hacia una de las puertas del local. La expresión del rostro del barman no era muy distinta de la de un gorila que hubiese tenido un mal día.
   ¿Qué pasa? —preguntó Cintia.
   Nada —contestó el gorila.
Siguieron las copas, el bullicio, las demandas de más combustible para poner a prueba la resistencia de los hígados, aquí y allá miradas libidinosas, alguna discusión ligeramente subida de tono, cuidado, cuidado, cuidado, algunos pagaban y se iban,  otros arrastraban las palabras desde hacía un buen rato, besos apasionados entre parejas que se habían conocido tres cuartos de hora antes, parrandeo y bachata, el local hecho una tambarria, el chico del abrigo que vuelve a mirar la hora, se acerca a la puerta, la abre, el barman con sed de venganza que sale de la barra dispuesto a que no se le escape esta vez el delincuente, el chico se asoma a la calle, el barman va a por él y… en efecto, llega un amigo del muchacho, sin duda un paisano suyo, se abrazan, hablan entre ellos en su idioma, se vuelven a abrazar, el barman se regresa al interior de la barra como si nada hubiese pasado y Cintia le mira con los ojos muy abiertos, dos luminarias azules cargadas de preguntas.
   No pasa nada —responde el gorila.
Hora y media más tarde sólo quedan en el bar unas cuantas personas. El chico del abrigo y su amigo comparten el whisky. Desde hace han estado comentando desde hace rato han estado comentando lo que parecen ser unas fotos, las ven se ríen, hacen un comentario, se abrazan de nuevo, los hielos del vaso se han derretido, el líquido que queda no es más que agua ligeramente teñida, pero incluso así comparten el rastro del licor que estuvo allí tres horas antes. La amistad consiste en cosas así. Ya no nieva.
Cintia mantiene una conversación banal con dos muchachos que están al otro lado de la barra. Todo está recogido y el ambiente es agradable. Falta media hora para cerrar. El atractivo barman y propietario tiene la oportunidad en estos momentos para retomar la lectura. Se había quedado en aquel momento mágico en que dos leones corrían por la playa. El chico del whisky le llama:
   Señor, por favor, la cuenta.

Cintia va al panel de demandas, pero el jefe le dice que ya se encarga él. Desclava la nota, la coloca en una de las bandejas y la lleva al cliente. Las fotos están extendidas encima de la mesa. Vuelve a quedarse paralizado al ver las imágenes. Son de la plaza de Felipe II, frente a la fachada de los almacenes El Corte Inglés, Navidad, entre los tres Reyes Magos, reconoce a Baltasar, el Rey Negro.

Leones en la playa



Son las ocho de una tarde de junio, la temperatura es agradable y todavía hay mucha luz natural. En la coctelería Casa Fugger unos clientes consultan su famosa carta de bebidas, que contiene más de cien combinaciones distintas, cada una de ellas con la descripción detallada de su contenido, intensidad, sugerencia del momento del año más adecuado para consumirla, y en la mayoría de los casos, el registro de su inventor y alguna que otra referencia acerca de cómo y por qué se le ocurrió esa combinación.
Alrededor de la barra se pueden ver más tragos largos que cortos, tal como suele ser habitual en verano. En un extremo de la barra hay un jarrón con flores, siempre hay flores en el bar, las llevan desde la cercana floristería que hace esquina con la Plaza del Ángel. El barman se siente orgulloso de las flores, de la barra ondulada, diseñada así para evitar las hirientes y vulgares aristas de los mobiliarios funcionales. El local devuelve el mimo de su diseño al visitante. Desde la primera vez que entras allí sabes que estarás a gusto.
Sin embargo hay veces en las que algunas personas, desconociendo que se trata de una coctelería de postín, piden combinados vulgares, de los que se preparan con un único licor y algún abominable refresco industrial. A pesar de ello se les atiende igualmente. Con frecuencia, al ver que las copas de los demás clientes (los negroni, collins, los mezcalitos, sunrises, manhattans y destornilladores) se sienten innecesariamente fuera de lugar y no vuelven, lo cual no es una mala noticia, sino todo lo contrario, porque gracias a ello se mantiene en el local una especie de sofisticada hermandad que inspira cierta confianza.
Aquella tarde entró en el local alguien que, con toda seguridad, no volvería nunca más.
Era un tipo de corta estatura, aunque arrogante. Llevaba botos vaqueros con gran tacón, como si acabase de dejar el caballo a la vuelta de la esquina. Iba repeinado y exhibía largas patillas, que le daban un aspecto de cowboy de opereta.
Se acercó a la barra y exigió, más que pidió, un gin tonic. El barman orgulloso de su exquisito bar se comió temporalmente su orgullo y se lo sirvió. El hombrecillo bebía con parsimonia. Al alzar el vaso para cada trago extendía el dedo meñique. Miraba despectivamente al resto de los clientes de izquierda a derecha y fue más que visible cómo se sorprendió al ver que todo los demás, menos él, tenían llamativas copas, por lo que reforzó la frecuencia de sus hirientes miradas, siendo así que nadie reparaba en ello. De forma llamativa consultaba su reloj con frecuencia, lo que daba a entender que acaso esperaba a alguien que se retrasaba. En un momento dado se acercó a la puerta y asomó la cabeza a la calle, mirando hacia ambos lados. Esta operación la llevó a cabo en varias ocasiones, entre las cuales volvía a sujetar el vaso, extendía el dedito meñique y se apañaba un par de sorbos. Viajaba después de la puerta a la barra y de ésta a la puerta, mirando el reloj cuando se encontraba junto a la primera y a la calle cuando junto a la segunda. Por fin se vio que la persona que estaba esperando llegaba, porque inclinó la cabeza hacia un lado, se propinó dos palmaditas con el envés de la mano dando a entender un reproche por la tardanza, siempre mirando hacia algún lugar determinado de la calle no visible desde el interior del local,  se separó algo más de la puerta, ya con los pies en la calle, extendió los brazos, alzó los hombros y expresando un reproche que los de dentro no alcanzaron a oír, porque ya había cerrado la puerta desde fuera, avanzó unos pasos hacia el tardón y desapareció para siempre de la vista del barman.
El barman, un minuto más tarde, maldijo su ingenuidad y se juró que nunca, nunca, nunca, volverían a hacerle semejante jugada.
***
Era diciembre. En aquel momento de la noche no había ni un solo cliente en el bar. La nieve había cubierto la coqueta placita de San Juan. El atractivo barman, apoyado en la barra, aprovechaba esos momentos en que después de una agitada tarde de gimlets, horse’s necks y manhattans contaba con un paréntesis de tranquilidad para retomar la lectura de un librito que días atrás había comprado a un anciano que exponía su mercancía literaria sobre una raspada lona frente a la entrada del Real Conservatorio de Música.
El pasaje que el joven barman leía en aquel momento narraba una escena en la que un anciano pescador contaba a su vez una experiencia de su juventud cuando se encontraba enrolado en un velero de altura que cubría una ruta a lo largo de la costa atlántica de África. Un atardecer, mientras estaba apoyado en la borda del bajel contemplando la selva que llegaba hasta la orilla del mar, había divisado unos leones que corrían a lo largo de la playa. Esa visión le había hecho feliz.
El barman apartó los ojos del libro para imaginarse por su cuenta esa felicidad que no se explicaba en el relato, sino que tan solo se mencionaba. ¿Cuál sería la visión o el milagro que pondría a su alcance una experiencia similar? Una visión insólita. Leones junto al mar. ¿Cómo no recordar eso a lo largo de toda una vida?
A través de los cristales acomodados en los vanos de las puertas de madera pintadas de bígaro se dejaban ver las menudas mariposas blancas que iban a acostarse sobre la calzada siguiendo un patrón caótico y preciso al mismo tiempo. Permaneció pensativo mientras contemplaba las calles inmaculadas. Ni una pisada, ni una huella de vehículo. Las cristaleras del bar se extendían en torno a la esquina de la calle. Entonces fue cuando vio al muchacho negro.
Al otro lado de la plaza, en la esquina donde confluyen la calle de Santa María con la de Jesús, estaba de pie un muchacho negro. Llevaba un abrigo por lo menos dos tallas por encima de lo que su menudo cuerpo necesitaba, una de esas prendas que algunas ONG facilitan a los inmigrantes sin recursos. El chico pateaba el suelo de vez en cuando. Cuando el barman se disponía a retomar la lectura, una pareja habitual entró en el local.
   Buenas noches.
   Buenas noches. ¿Lo de siempre?
Lo de siempre para la pareja era Mula de Moscú para él y Gimlet para ella. Los dos dijeron que sí. El barman preparó la Mula directamente en vaso collins con vodka, ginger ale y dos tiras de corteza de pepino, que es la forma ortodoxa de preparar ese combinado. El gimlet lo elaboró en vaso mezclador, que evita la turbiedad propia de la coctelera, y añadió dos guindas verdes, para dar luminosidad a la copa, colocándola estratégicamente bajo uno de los focos, haciendo así del recipiente, por arte de magia, un trago irresistible, porque ha de saberse que lo más importante para el éxito de un combinado son tres cosas: una, los peinados de las señoras, dos, que la gente disfrute de la conversación y tres, el aspecto de la copa. Todo lo demás es secundario.
El chico negro seguía en la misma esquina.
Poco después de las once llegó una de sus ayudantes, la sicalíptica Cintia (ceñida y suelta, descocada e inalcanzable, accesible y distante,  todo al mismo tiempo) que venía de cenar. Comenzó a llegar más público. Al cabo de una hora no cabía un alma en el local. Muchos ya habían tomado el primer trago y un tolerable vocerío creaba el ambiente adecuado para una noche divertida.
El miembro de un grupo en el que todos tomaban Margaritas buscó la mirada del barman, levantó un brazo extendiendo el dedo índice en horizontal y haciéndolo girar paralelamente al suelo, símbolo universal para indicar otra ronda. El barman contestó con guiño y asentimiento de cabeza, que es el código adecuado de confirmación cuando hay demasiada gente contenta en las inmediaciones.
Al fondo había un grupo de gente que quería repetir y otros dos pedían la cuenta. Un tipo trataba de tontear  con Cintia que también tenía  más comandas pendientes aparte de los tragos que preparaba en ese momento. El trabajo les estaba desbordando. Podía producirse un cataclismo de un momento a otro.
El barman tuvo que volverse de espaldas a la clientela a fin de alcanzar la botella de Cuervo, situada en el tercer estante de la pared interior de la barra. Asió la botella y volvió a girarse de cara al público.
Fue como una aparición: al otro lado de la barra, a cuatro palmos y medio de distancia, estaba el chico negro con su enorme abrigo, materialmente aplastado entre dos grupos de clientes eufóricos. El chico le miraba sonriendo y él le devolvía una mirada de asombro, como si se encontrase asistiendo a una superlativa anomalía del espacio tiempo.
   Señor, whisky, por favor —dijo el chico.
Dijo “uiskí”, acentuando la última sílaba. Volvió en sí el barman. Un whisky es cosa rápida de servir, por lo que se lo puso inmediatamente, para seguir cuanto antes con los Margaritas que tenía pendientes. Corteza de limón para humedecer los bordes de las copas, voltear estas para impregnarlas sobre un platillo con algo de sal cuidando que se distribuya uniformemente, sin grumos, disponerlas sobre la barra, hielo a la coctelera, ni mucho, para que pueda batir correctamente con los ingredientes ni poco para que no se agüe, el Triple Seco a razón de un sexto por copa y otros tantos sextos de zumo de auténtico limón, jamás el de los sucedáneos embotellados que echan a perder la magia de la copa y finalmente los dos tercios de tequila por cada copa de la demanda.
Por el rabillo del ojo vio el barman que Cintia iba a agitar su coctelera con otros tragos, ella se puso al tanto de lo que él le pedía, ambos alzaron ligeramente las cejas para dar por recibido el mensaje, ambos comenzaron a agitar sus respectivas cocteleras durante uno, dos, casi tres segundos, en total ocho golpes en alto, la señal para dar comienzo  al numerito del vete-y-vuelve, pericia que tanto deleita al público: se lanzan las  cocteleras por detrás de la espalda y cada uno se queda con la del otro al vuelo, dos golpes más y las vasijas de alpaca recorren el camino inverso, la gente aplaude y silba para celebrar la hazaña, el chico del whisky está maravillado.
Fue entonces cuando el terror hizo acto de presencia. El chico del whisky alzó el brazo izquierdo para levantar la manga de su desproporcionado abrigo y consultar su reloj y a continuación miró hacia una de las puertas del local. La expresión del rostro del barman no era muy distinta de la de un gorila que hubiese tenido un mal día.
   ¿Qué pasa? —preguntó Cintia.
   Nada —contestó el gorila.
Siguieron las copas, el bullicio, las demandas de más combustible para poner a prueba la resistencia de los hígados, aquí y allá miradas libidinosas, alguna discusión ligeramente subida de tono, cuidado, cuidado, cuidado, algunos pagaban y se iban,  otros arrastraban las palabras desde hacía un buen rato, besos apasionados entre parejas que se habían conocido tres cuartos de hora antes, parrandeo y bachata, el local hecho una tambarria, el chico del abrigo que vuelve a mirar la hora, se acerca a la puerta, la abre, el barman con sed de venganza que sale de la barra dispuesto a que no se le escape esta vez el delincuente, el chico se asoma a la calle, el barman va a por él y… en efecto, llega un amigo del muchacho, sin duda un paisano suyo, se abrazan, hablan entre ellos en su idioma, se vuelven a abrazar, el barman se regresa al interior de la barra como si nada hubiese pasado y Cintia le mira con los ojos muy abiertos, dos luminarias azules cargadas de preguntas.
   No pasa nada —responde el gorila.
Hora y media más tarde sólo quedan en el bar unas cuantas personas. El chico del abrigo y su amigo comparten el whisky. Desde hace han estado comentando desde hace rato han estado comentando lo que parecen ser unas fotos, las ven se ríen, hacen un comentario, se abrazan de nuevo, los hielos del vaso se han derretido, el líquido que queda no es más que agua ligeramente teñida, pero incluso así comparten el rastro del licor que estuvo allí tres horas antes. La amistad consiste en cosas así. Ya no nieva.
Cintia mantiene una conversación banal con dos muchachos que están al otro lado de la barra. Todo está recogido y el ambiente es agradable. Falta media hora para cerrar. El atractivo barman y propietario tiene la oportunidad en estos momentos para retomar la lectura. Se había quedado en aquel momento mágico en que dos leones corrían por la playa. El chico del whisky le llama:
   Señor, por favor, la cuenta.

Cintia va al panel de demandas, pero el jefe le dice que ya se encarga él. Desclava la nota, la coloca en una de las bandejas y la lleva al cliente. Las fotos están extendidas encima de la mesa. Vuelve a quedarse paralizado al ver las imágenes. Son de la plaza de Felipe II, frente a la fachada de los almacenes El Corte Inglés, Navidad, entre los tres Reyes Magos, reconoce a Baltasar, el Rey Negro.

domingo, 10 de julio de 2016


Es asombrosa la capacidad oratoria del presidente Obama para hablar durante todo el tiempo que sea necesario para no decir absolutamente nada.

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miércoles, 6 de julio de 2016

Tú decides el camino a seguir.


En *Al este del Edén*, la aplastante novela de Steinbeck (premio nobel de literatura 1962), en la última línea de diálogo solamente hay una palabra: *Timshel* que en hebreo vendría a significar "Tu podrás" y que es lo que Dios promete a Caín tras el asesinato de su hermano: "Tú podrás ser dueño de tus propias decisiones". Del bien y del mal. De tu fortaleza y de tu debilidad, de tu pureza y de tu decrepitud, bueno, ya sabes.

Se habla del alma. No del cuerpo ni del estado de tu cuenta bancaria o de la marca de tu automóvil o del impacto social de tu pareja.

El grupo Mumford & Sons hace en este tema, que lleva por título precisamente *Timshel* su propia versión del brutal mensaje: no eres solamente tú la clave de tu éxito en la vida. Todos participamos en tu éxito y tú en el nuestro. En un momento de la novela (de 772 páginas en la edición de Mundo Actual de Ediciones, 1976), Steinbeck escribe: "Un grano no hace granero, pero ayuda a construirlo a su compañero" (oportuna traducción de Vicente de Artadi), algo que a mí en particular me conmueve, porque es la esencia de *El Clan de los Sueños Fértiles"*. Aparte de Steinbeck, sus letras también se inspiran en Shakespeare, Homero, Sócrates y otras fuentes; Marcus Mumford, el líder del grupo, dirige un club de lectura en el blog del grupo en:


La versión de Mumford & Sons, subtitulada, que aquí se comparte, limpia nuestras molleras de este torpe mundo de descompromisos y exceso de soledades. No tiene nada que ver con rollos cursis, de autoayuda, etcétera. Es mucho más potente que eso. Está subbitulado en español. Tal como lo veo, tiene su toque *indie* (lo digo por la producción, aunque ellos hacen mucho folk, a veces rozando con *blue grass* y tal).

Tú decides el camino a seguir.


En *Al este del Edén*, la aplastante novela de Steinbeck (premio nobel de literatura 1962), en la última línea de diálogo solamente hay una palabra: *Timshel* que en hebreo vendría a significar "Tu podrás" y que es lo que Dios promete a Caín tras el asesinato de su hermano: "Tú podrás ser dueño de tus propias decisiones". Del bien y del mal. De tu fortaleza y de tu debilidad, de tu pureza y de tu decrepitud, bueno, ya sabes.

Se habla del alma. No del cuerpo ni del estado de tu cuenta bancaria o de la marca de tu automóvil o del impacto social de tu pareja, ¿estamos?

El grupo Mumford & Sons hace en este tema, que lleva por título precisamente *Timshel* su propia versión del brutal mensaje: no eres solamente tú la clave de tu éxito en la vida. Todos participamos en tu éxito y tú en el nuestro. En un momento de la novela (772 páginas en la edición de Mundo Actual de Ediciones, 1976), Steinbeck escribe: "Un grano no hace granero, pero ayuda a construirlo a su compañero" (magnífica traducción de Vicente de Artadi) y a mí en particular me conmueve, porque es la esencia de *El Clan de los Sueños Fértiles"*.

La versión de Mumford & Sons, subtitulada, que quiero compartir aquí, limpia nuestras molleras de este torpe mundo de descompromisos y exceso de soledades. No tiene nada que ver con rollos cursis, de autoayuda, etcétera. Es mucho más potente que eso. Está subitulado en español. Tal como lo veo, tiene su toque *indie* (por la producción, aunque ellos hacen mucho folk, a veces rozando con *blue grass*.

lunes, 20 de junio de 2016

No es racismo. Es ignorancia pura y dura. Pedro Sánchez.

No hay nada de racismo en lo que ha hecho este hombre. Las personas de su equipo de asesores también son responsables de esta torpeza que no afecta solamente al líder, sino  a todo el partido.

¿Por qué se frotó las manos? Porque la otra persona las tenía húmedas. ¿Por qué la otra persona las tenía húmedas? Porque su ritmo cardíaco se encontraba acelerado (¡estaba dando la mano a un líder político!). No seamos hipócritas: una experiencia como esta es una situación excepcional para la mayoría de la gente.

Es una cuestión elemental de comunicación no verbal. Diré cómo se resuelve este asunto: cuando estamos nerviosos sudan las palmas de nuestras manos (y también la frente y las axilas) por lo cual están húmedas. PERO HAY CÁMARAS DELANTE. Un asesor con un mínimo de entrenamiento tiene que haber previsto esta eventualidad. y por supuesto, advertir a su coachee de cómo solucionarla.

Fíjense bien: el líder socialista Tony Blair, al contrario de lo que sucede en esta escena, era él quien se mostraba proclive a que las manos le sudasen. Hay vídeos del líder británico descendiendo por la escalerilla de un avión al pie de la cual le aguarda algún líder de otro país (ahora no me voy a poner a buscar la escena, de modo que tienen que creerme) y se seca la mano en la parte lateral derecha de su chaqueta para que cuando establezca el contacto de su epitelio con el de el anfitrión éste no perciba humedad en la piel del británico (recuerden que los detectores de mentiras, precisamente, registran el estrés generado por la falsedad sobre la base de la humidificación de la piel, la cual aumenta la conductividad de la electricidad, entre otros registros, como la presión sanguínea o el ritmo cardíaco, que es precisamente el que genera una aumento de la temperatura en el cuerpo, y por tanto, la exudación).

El equipo de asesores no se ha ganado el sueldo en este asunto. Después vienen los lloriqueos por  lo malos que son los rivales. 

Y ya van dos.

sábado, 4 de junio de 2016

Por favor, menos e-marketing, big data & trends y más imaginación y trabajo. Gracias.

Feria del Libro de Helsinki, 1954. Un español residente, caracterizado como El Coyote (el héroe arquetípico de las novelas de José Mallorquí) mientras promociona los ocho primeros números de la colección de las novelas en Finlandia. A la izquierda, el primer ministro finlandés. El promotor repartía ejemplares del Kalifornian Sanomat ("El mensajero de California", un periódico inventado para la ocasión, editado en suomi). Entre 1953 y 1960 se vendieron dos millones de ejemplares. La población de Finlandia a mediados del siglo pasado no llegaba a los dos millones de personas, de modo que imagínense.

José Mallorquí escribió cerca de 200 novelas protagonizadas por El Coyote, aparte de innumerables obras de ciencia ficción en la modalidad Ópera Espacial, o sea, al estilo La Guerra de las Galaxias, y también románticas, del Oeste y otras. Ambientaba los escenarios valiéndose de folletos turísticos y noticias aparecidas en la prensa, tal como lo hacía Julio Verne. La imaginación consiste ene so.

Mallorquí utilizó a lo largo de su vida 49 pseudónimos y fue guionista de innumerables programas de radio. Algunas de sus novelas fueron llevadas al cine. Eran los años de los teléfonos de baquelita y las máquinas de escribir de gran tonelaje, cuando los hombres leían pulp fiction en el metro, camino de la fábrica, y al bajarse del vagón, doblaban el libro por la mitad y lo encasquetaban en el bolsillo trasero del pantalón. A la vuelta, más.

El éxito de Mallorquí, tal como lo veo, se debía en primer lugar, a que adoraba su trabajo y la gente adoraba el trabajo de Mallorquí y Europa estaba harta de guerras y Mallorquí no tenía la menor intención de ganar el Nobel y cuando los críticos lo ponían a caldo, básicamente, porque se entendía perfectamente lo que escribía (eso es algo que, por regla general, los críticos no soportan), le importaba un pimiento, y en segundo lugar, porque lo que escribía iba cargado de sentimientos de valentía, miedo y misterio en escenarios de fantasía donde al final todo el mundo se llevaba su merecido, fuese éste premio o castigo.

La muestra Antifaz está actualmente en el Matadero de Madrid. Es austera, inteligente y ejemplar. Recomendada con todas las letras.

jueves, 2 de junio de 2016

Dejemos de una vez de fingir que somos adultos.


Randy Pausch, profesor de ingeniería informática en la universidad Carnegie Mellon. Él sabía que dos meses más tarde moriría. Pero la charla no trata de la muerte, sino de la vida, y en concreto, de los sueños que tú y yo concebimos en nuestras infancias y que nos toca convertir en realidad.

Éste es el único y sagrado éxito que nos corresponde alcanzar.

En esta Última Lección de Pausch, la valiente desnudez de auténtico hombre (en el único sentido profundo y veraz de la expresión) vi confirmado el sentido real de la vida: el que cada uno de nosotros ya le atribuíamos mientras crecíamos en medio de los simulacros del éxito de los supuestos adultos, sea lo que fuere lo que la palabra éxito pretenda significar.

Dejemos de una vez de fingir que somos adultos.




martes, 31 de mayo de 2016

A las palabras las carga el diablo. Tengan cuidado con lo que decimos y con lo que nos dicen.


Las palabras, y los conceptos que a través de ellas se transmiten, pueden crear realidades (sanadoras o contaminantes, estimulantes o bloqueadoras, acertadas o torpes) que condicionan lo que los demás perciben de nuestra personalidad, pero sobre todo, la visión, positiva o negativa que llegamos a concebir acerca de nosotros mismos. 

Si nos describimos con excesiva humildad, el desastre está asegurado. Si además nos castigamos con palabras peyorativas, nuestro talento irá a parar a la basura. El éxito no es cuestión de término medio, sino de objetividad.

"Tenacidad" no es sinónimo de "Tozudez", "Valentía" tampoco lo es de "Insensatez" y desde luego, "Inteligencia" no tiene gran cosa que ver con "Astucia" (la Astucia es el último recurso de los desamparados por la Inteligencia).

Hay personas inteligentes que han fracasado repetidamente en esta vida, pero que han triunfado de forma aplastante después de muertas (Cervantes nos sirve de magnífico ejemplo en este caso) mientras que el listado de "Gentes Astutas" echadas a perder es inagotable. ¿Han visto la película Gladiator? El emperador Cómodo tan sólo era "astuto" mientras que el senado romano actuó "Estratégicamente" y no "Cobardemente" cuando contrató a un forzudo hispano para que liquidase al tirano (en la película le dan un tono más sofisticado a la historia, pero hay evidencias de que la cosa tuvo lugar más bien al estilo de Al Capone).

A las palabras las carga el diablo, pueden creerlo. "Convincente" no significa "Falaz" ni "Honradez" equivale a "Ingenuidad".

Apliquemos a nuestras virtudes y defectos los adjetivos apropiados. De no hacerlo así, comprometeremos nuestra credibilidad y nuestra autoestima, y eso no es bueno para nadie.

lunes, 30 de mayo de 2016

Cuando las personas se comportan como bacterias la Libertad se va a cualquier otra parte.

En la imagen Mario Ponzi, fue el "inventor" de los negocios piramidales. Pasó de inmigrante a millonario en apenas doce meses. La clave de la estafa consistía en conseguir nuevas víctimas que iban aportando dinero para pagar los intereses de los anteriores inversores engañados. El sistema funcionó de maravilla hasta que la pirámide se vino abajo. Las colonias de bacterias funcionan exactamente igual.
Cuando un grupo de bacterias encuentra alimento y espacio suficiente comienza a reproducirse de forma exponencial. Al aumentar la población, el alimento disminuye hasta que la colonia se extingue. Los negocios piramidales funcionan de igual modo, pero desde el punto de vista matemático también explica las modas, la afiliación a partidos políticos y a los sindicatos, la popularidad de la mayoría de los grupos musicales y los programas de televisión. Incluso las jergas lingüísticas pasan de moda (por eso resultan tan ridículas las personas de edad avanzada que pretenden sintonizar con los jóvenes haciéndose los modernos).

No es cosa nueva. Las guerras y las enfermedades también han dado resultados bacterianos (ejemplos evidentes son la caída del Imperio Romano, las ciudades de la Baja Edad Media devastadas por la peste o la purga poblacional europea a resultas de las dos Guerras Mundiales. ¿Nadie se dio cuenta de que los combatientes no estaban luchando por sus respectivas patrias sino trazando una inversión de la curva logística de crecimiento/extinción? (es una curva crece como la letra S, pero tumbada a la izquierda, primero como una sonrisa, y a partir de un punto crítico se viene abajo como una expresión de enfado).

Según el matemático y periodista John Allen Paulos (un tipo simpático; soy fan de él) sugiere que, aparte de la riqueza y la vida, lo que se agota en la sociedad moderna es el "impreciso sentimiento de la novedad". La novedad es arrasadora por sí misma al principio, pero concluye por su propia razón de ser (nada puede ser "nuevo" eternamente).

No quiero ponerme en plan pesimista, pero el diseño de todas las cosas existentes, sin excepción, se encuentra basado en el ciclo de crecimiento/extinción, desde las galaxias hasta las ofertas de los grandes almacenes, ya saben.

No obstante hay una prueba que debería ayudarnos a preservar nuestra libertad como individuos pensantes. Es un test que consta de una única pregunta: "Lo que estamos haciendo en este mismo momento, ¿es una moda que nos ha sido inducida o bien una decisión consciente, meditada, objetiva, inteligente y orientada hacia un resultado concreto? En otras palabras, ¿es una decisión nuestra o simplemente una versión más del comportamiento bacteriano?"

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domingo, 29 de mayo de 2016

Amenaza y negociación. Impactante ejemplo de comunicación no verbal y planificación estratégica.


Una jirafa pisotea y mata a una leona después de que esta haya matado a un cachorro de la primera. La calidad del vídeo no es buena, y en ocasiones es difícil seguir la secuencia, pero en términos de comunicación, la acción se encuentra cargada de inteligentes mensajes que podemos aplicar a nuestra vida diaria:
1) En el minuto 2:12 vemos que la jirafa pisotea a la leona, que ya es cadáver. ¿Sadismo animal? En absoluto. Lo que hace es dejar claro al resto de los felinos que observan el espectáculo lo que les puede ocurrir si intentan atacarla. Es un mensaje consciente (sí, consciente).
2) Ciertamente los felinos podrían haber abatido a la jirafa, pero no lo hacen debido al impacto psicológico (sí, psicológico) de la apabullante venganza.
Una vez segura de que el efecto escénico ha surtido efecto, la jirafa se retira. Muchísimas personas son incapaces de comprender esta secuencia. En lugar de ello, insisten, pierden el control y terminan mostrando sus puntos vulnerables. Cuando sucede esto se ponen a merced de su oponente.

 Hace más dos mil trescientos años el filósofo Aristóteles estableció los tres principios básicos de la efectividad de la amenaza:

1) La presentación del mal que anuncias al amenazado debe ser tenida por éste como un auténtico mal. Si la represalia o castigo que expones no importa al amenazado, ya has perdido.
2) El amenazado debe atribuirte la capacidad suficiente para causarle el mal que le anuncias. Si eres un cervatillo, trata de salvarte huyendo del lugar cuanto antes, porque no vas a impresionar a una pantera adulta.
3) Tienes que transmitir al amenazado tu firme voluntad de causarle el mal anunciado. Si tu puesta en escena no es creíble, habrás fracasado.

La inobservancia de las anteriores tres condiciones explica los abundantes fracasos que tienen lugar tanto en el mundo de los negocios, de la política... ¡y del trato con interlocutores adolescentes!



sábado, 28 de mayo de 2016

El misterio del bombardero A-25B-15-DT Invader caído en Galicia

El bombardero ligero Douglas A-26B-15-DT Invader de EE.UU tras su aterrizaje forzoso en la playa de Traba  (Laxe, Galicia, Costa de la Muerte). Si vas por la carretera entre Laxe y Camelle, en un alto hay una cafetería solitaria llamada El Mirador  donde tienen enmarcada esta foto. También tienen colgadas algunas otras imágenes de distintos desastres marítimos.

El piloto, el teniente estadounidense Eugene L. Casale, se había visto obligado a hacer un aterrizaje forzoso en la playa de Traba (Laxe, Galicia, Costa de la Muerte), a causa de un problema mecánico, el 22 de octubre de 1944. Hace algunos años el diario La Voz de Galicia consiguió entrevistar a su esposa acerca de este asunto, pero el piloto no quiso ponerse al teléfono, justificando su negativa a causa de su edad (tenía entonces 92 años). En el avión accidentado iba otra persona, un tal John Hureck Jr., del que se dice en el reportaje que era "el único tripulante". Otras versiones sugieren que Hureck era el navegante. 

Lo único que sucede es que tal vez "Hureck" nunca existió.

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LA VERDAD OFICIAL: El avión había hecho un viaje de ida y vuelta a Marruecos y tuvo un problema mecánico a la altura de la costa gallega. El accidente tuvo lugar en el viaje de regreso hasta su base en Inglaterra. Fin de la información.
LO QUE SUCEDIÓ EN REALIDAD: El supuesto accidente formó parte de un plan a medio plazo para engañar a los alemanes acerca del asalto a Europa por parte de los aliados (los alemanes esperaban que el desembarco tuviese lugar en Calais, cuando en realidad iba a suceder en Normandía). Ese plan, que liquidó la amenaza nazi, fue planificado a ocho meses vista y ejecutado por un barcelonés demócrata llamado Joan Pujol (era un doble agente; fue la única persona en el mundo que fue condecorada con la Cruz de Hierro alemana y la Orden del Imperio Británico, ahí queda eso). Había vivido la IV Guerra Civil española (1) y aborrecía tanto a los nazis como a los comunistas. Pujol consiguió convencer al mismísimo Hitler de que el ataque sería en Calais). Pero lo fascinante es que Pujol era un espía... ¡autodidacta! En lugar de ser reclutado por el MI5... ¡Él reclutó a TODO el espionaje británico, incluido el MI6 y ya de paso, también al alemán! Puedes ver aquí un reportaje fabuloso: https://www.youtube.com/watch?v=zgAfNeoPJIE 


Mi padre fue testigo presencial del alucinante episodio de este bombardero con un único tripulante más un pasajero fantasma y me contó muchos detalles. Todo este asunto forma parte de uno de los veinte relatos que estoy escribiendo para mi nuevo libro *Ánimo y sosiego*. Incluso hay un foro argentino de hijos de emigrantes gallegos con testimonios de este singular acontecimiento.

Como curiosidad: el avión es un modelo de los entonces conocidos como Mosquitos. Si eres o has sido aficionado al Tintín de Hergé, es del mismo tipo del que aparece en el libro de Stock de Coque y que Tintín abate con una ametralladora:


* Digo IV Guerra Civil porque cuento  las tres guerras carlistas, y prescindo de *Los Sucesos de Mayo de 1937* entre comunistas y troskistas en Cataluña y otros tantos  desgraciados acontecimientos de este país tan rematadamente cainita, irreflexivo, violento, atroz y paleto.