lunes, 4 de enero de 2016

¿Es rigurosamente necesario ser inteligente para ser una persona seductora?



Por supuesto que no es necesario ser listo para mostrarse seductor. Incluso puede resultar perjudicial. Permitan que les cuente mi experiencia al respecto.

Hace tiempo un amigo me sugirió que presentase mi candidatura a miembro de un club social que pretendía congregar, con la ayuda de Internet, a las personas más inteligentes del planeta. El club era británico, evidentemente (todos necesitamos compañía, y también los ingleses, qué diablos; ¿a quiénes si no se les podía haber ocurrido el crear un personaje como Robinson Crusoe*?). 

Yo me resistía a presentarme al examen de ingreso, en primer lugar, porque no me tenía a mí mismo como inteligente, y en segundo lugar, porque para acceder al club había que desembolsar dos mil pesetas y a continuación hacer el test de entrada. En el caso de que el test demostrase que no eras tan inteligente como se exigía no te devolvían el dinero, algo que me resultaba inquietante. A pesar de todo acepté el reto.
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La prueba consistía en un test que mediría la el cociente intelectual de los candidatos (los listillos decimos cociente en lugar de coeficiente, y no nos falta razón, pero  aquí le vamos a llamar "CI" y así evitamos discusiones entre filólogos y matemáticos).

A fin de que puedan hacerse una idea del lío en el que me había metido, les diré que se estima que casi la mitad del población (un 46,25%) es acreedor de un CI comprendido dentro de una franja entre 101 y 129, lo que se tiene por "normal". Pero la franja superior, creo que entre 125 y 129, incluye a los sujetos con inteligencia "brillante", mientras que a partir de 130 tenemos a los denominados "superdotados" (el promedio de CI de los científicos estadounidenses se encuentra en 136. Al tratarse de un promedio significa necesariamente que en la lista de esos superdotados tiene que haber un buen puñado de marcianos provistos con CI´s estratosféricos). Mi objetivo era llegar a los 130 y pare usted de contar.

El caso es que al final resultó que superé el test y me dieron un "Certificado de Listo" (así lo definió mi hijo, que entonces tenía cuatro años). A partir de ese momento comencé a asistir a las reuniones de Listos que tenían lugar los primeros viernes de mes por la noche en un céntrico pub madrileño.

Y fue en esas reuniones cuando me di cuenta de que yo no era listo.


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Todo lo que ocurrió fue que aquel pub, un viernes por la noche, estaba abarrotado de público, hombre sy mujeres, deseosos de ampliar sus respectivos círculos de amistades. Al fondo de local nos encontrábamos los listos, discutiendo, reflexionando o analizando opiniones e informaciones que al resto de los mortales les parecerían solemnes estupideces.

Yo asistí a dos reuniones. En la primera de ellas tuve la impresión, en efecto, de que las conversaciones distaban bastante de resultar apasionantes.

Al mes siguiente tuvo lugar lo que para mí fue la segunda reunión, y la última. Hubo un momento en el que me abstraje de los listos y presté atención a lo que sucedía alrededor de la barra: ellos y ellas coqueteaban, reían, se hacían manitas. Algunas parejas incluso se besaban con una avidez similar a la de los camellos cuando reponen fuerzas en el pozo de un oasis tras una travesía por el Sáhara en pleno verano Ya lo dejó claro Chiquito de la calzada, con su locución "sudando más que un camello cargado de muebles". 

¡Sexo, lujuria, desenfreno! ¡Aquello era intolerable!

En consecuencia, al día siguiente me di de baja en el condenado club de listos y empecé a compartir mis simplezas con el resto del género humano, de las que todavía disfruto, afortunadamente.

Un momento... ¡a lo mejor realmente soy listo!

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* Por cierto, Daniel Defoe se inspiró en el auténtico naufragio de un marinero español, Pablo Serrano, para crear el personaje de Robinson Crusoe. 

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