viernes, 8 de enero de 2016

La adicción al fracaso: los efectos perversos del desorden


En el post anterior (http://tinyurl.com/j7kdfm5) comenté la euforia que se puede llegar a sentir después de haber caminado sobre brasas al rojo vivo con los pies desnudos. Te sientes capaz de todo, invencible.

Sin embargo, un episodio aislado de valentía o un éxito intelectual, artístico o deportivo no tiene el poder mágico de anclar la experiencia, y por lo tanto la percepción positiva que una persona pueda tener de sí misma: si el éxito no se repite, y además, no se repite con un mínimo de frecuencia, la motivación da marcha atrás y vuelve a ponerse a los mismos niveles en los que se encontraba antes de la experiencia que había generado aquella euforia inicial (en el mundo físico sucede lo mismo: si no pedaleas, el impulso inicial llega a su fin y la bicicleta te tira al suelo).

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Puedes ir a la oficina en bici, pero lo más probable es que no puedas guardarla junto a tu mesa de trabajo. Tampoco podrás encender allí una fogata para darte un paseo por encima del fuego cuando te encuentres desanimado y necesites "cargar las pilas". 

Una de las lecturas verosímiles de las recaídas en el desánimo es la entropía. De forma coloquial este concepto termodinámico se describe asociándolo a la medición del desorden de un sistema (no es exactamente así, pero por el momento nos vale esta definición). Nuestros cuerpos, estados mentales y emociones son sistemas. Por ejemplo, un vaso de cristal es un sistema. Tiene forma tubular y es frágil; si actuamos descuidadamente  y el vaso cae al suelo podemos prever que lo más posible es que se fragmente en múltiples pedazos, pero la posibilidad de que esos fragmentos vuelvan a reconstruir el vaso por sí mismos es inexistente. 

Ahora piensen en la expresión "estoy hecho pedazos". La utilizamos cuando algo ha salido mal y "no nos sentimos con fuerzas" (fíjense en el asombroso poder descriptivo del lenguaje) para "volver a ponernos en  pie", es decir, para recuperar la función impulsora del entusiasmo. Al igual que en el ejemplo del vaso roto, lo que se nos exige es "ordenar nuestros pensamientos" (otra locución certera y fulminante),

La Naturaleza tiende a conducir las cosas hacia el mínimo estado de energía posible. La muerte es un buen ejemplo, y el desánimo (ausencia de ánimo, es decir, de vida, funciona a modo de una muerte parcial y  prematura). Cada fracaso en nuestras vidas es un pequeño simulacro de la muerte real, pero generalmente no lo percibimos como tal, sino que tendemos a atribuir los motivos de nuestras desgracias a los sistemas ajenos (la maldad o la incompetencia de otras personas y de otros sistemas) sin reflexionar cómo nuestra dejadez en la gestión de los asuntos cotidianos y personales, o incluso en los grandes asuntos (compromiso social, de grupo o político) hagan que "los fragmentos del vaso" no se recompongan milagrosamente. En otras palabras, nos quedamos sin energía para "hacer frente a la adicción al fracaso"

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Me he extendido en este post más de lo que tenía previsto. Lo cierto es que a medida que lo escribía me iba apasionando más con el tema, que pretendía concluir con unas escuetas recomendaciones de todo punto rigurosas y científicas sobre cómo liberarse definitivamente de la tentación de incurrir en el hábito del fracaso. Por ese motivo creo que de la tentación ante la que no me voy a resistir va a ser la de compartir con ustedes esas recomendaciones, que confío publicar aquí el próximo lunes.

Y prometo esforzarme por ser lo más breve posible. Buen fin de semana.








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