domingo, 6 de marzo de 2016

EL MECANISMO DEL ABATIMIENTO


Las últimas líneas de mi libro Hablar sin palabras refieren una experiencia que viví años atrás en el zoo de Madrid. Dos gorilas, macho y hembra, se encontraban  sentados en un banco, de espaldas a los visitantes. El macho, presentaba signos inequívocos de depresión: la cabeza caída sobre el pecho, los codos apoyados en los muslos, y las manos, agotadas, exánimes. La hembra, pasándole un brazo por la espalda y apoyando su cabeza en el pecho del compañero, entregaba cuanto podía (toda ella) en su intento de consolación.

La imagen de esos dos gorilas me sigue conmoviendo a lo largo de los años. Aquellos dos seres, derrotados.  ¿Y nosotros? ¿Nos creemos de verdad que estamos al otro lado de la jaula?  En absoluto; a menudo nos encontramos en otras prisiones, de las que ni siquiera somos conscientes.

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En el zoo de Colchester, en Inglaterra, los zoólogos han descubierto una actitud colectiva de los mandriles allí encarcelados: cubrirse los ojos con las palmas de las manos. El biólogo Mark E. Laidre, especializado en evolución en la Universidad de California examinó a los mandriles durante 100 horas en los veranos de 2007 y 2008 y verificó que el resto del grupo de los mandriles hacía lo mismo, concluyendo que la primera hembra mandril “había contagiado” al resto de los cautivos, creando por lo tanto una “actitud cultural”.

¡Cien horas de observación durante dos años seguidos! ¿Acaso no se dio cuenta de que el mensaje era “¡DEJA DE MIRARME, MALDITO IMPERTINENTE!”?

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A veces, nosotros, los seres humanos, interpretamos como maldad lo que no es sino auténtica estupidez e incompetencia. Vemos a nuestro alrededor simulacros de seres humanos que nos dañan, física, mental y emocionalmente, y que lo hacen a diario sin que obtengan el menor provecho de sus torpes actitudes. Analistas idiotas, insensibles torturadores a cambio de nada, sin vestigios de inteligencia de ninguna índole, ni intelectiva, intuitiva ni emocional.  Cero.

Pero queda una buena noticia: sólo pueden procurarnos daño si les damos permiso para que lo hagan.

Eso no es cosa de “política” (la engañabobos que justifica el imperio de la dominación) sino de autoestima, imaginación y libertad, recursos que se encuentran al alcance de todos nosotros, a pesar de que miremos hacia otra parte para fingir que los sometimientos, propios y ajenos, son asuntos invisibles.

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