jueves, 14 de julio de 2016

Leones en la playa



Son las ocho de una tarde de junio, la temperatura es agradable y todavía hay mucha luz natural. En la coctelería Casa Fugger unos clientes consultan su famosa carta de bebidas, que contiene más de cien combinaciones distintas, cada una de ellas con la descripción detallada de su contenido, intensidad, sugerencia del momento del año más adecuado para consumirla, y en la mayoría de los casos, el registro de su inventor y alguna que otra referencia acerca de cómo y por qué se le ocurrió esa combinación.
Alrededor de la barra se pueden ver más tragos largos que cortos, tal como suele ser habitual en verano. En un extremo de la barra hay un jarrón con flores, siempre hay flores en el bar, las llevan desde la cercana floristería que hace esquina con la Plaza del Ángel. El barman se siente orgulloso de las flores, de la barra ondulada, diseñada así para evitar las hirientes y vulgares aristas de los mobiliarios funcionales. El local devuelve el mimo de su diseño al visitante. Desde la primera vez que entras allí sabes que estarás a gusto.
Sin embargo hay veces en las que algunas personas, desconociendo que se trata de una coctelería de postín, piden combinados vulgares, de los que se preparan con un único licor y algún abominable refresco industrial. A pesar de ello se les atiende igualmente. Con frecuencia, al ver que las copas de los demás clientes (los negroni, collins, los mezcalitos, sunrises, manhattans y destornilladores) se sienten innecesariamente fuera de lugar y no vuelven, lo cual no es una mala noticia, sino todo lo contrario, porque gracias a ello se mantiene en el local una especie de sofisticada hermandad que inspira cierta confianza.
Aquella tarde entró en el local alguien que, con toda seguridad, no volvería nunca más.
Era un tipo de corta estatura, aunque arrogante. Llevaba botos vaqueros con gran tacón, como si acabase de dejar el caballo a la vuelta de la esquina. Iba repeinado y exhibía largas patillas, que le daban un aspecto de cowboy de opereta.
Se acercó a la barra y exigió, más que pidió, un gin tonic. El barman orgulloso de su exquisito bar se comió temporalmente su orgullo y se lo sirvió. El hombrecillo bebía con parsimonia. Al alzar el vaso para cada trago extendía el dedo meñique. Miraba despectivamente al resto de los clientes de izquierda a derecha y fue más que visible cómo se sorprendió al ver que todo los demás, menos él, tenían llamativas copas, por lo que reforzó la frecuencia de sus hirientes miradas, siendo así que nadie reparaba en ello. De forma llamativa consultaba su reloj con frecuencia, lo que daba a entender que acaso esperaba a alguien que se retrasaba. En un momento dado se acercó a la puerta y asomó la cabeza a la calle, mirando hacia ambos lados. Esta operación la llevó a cabo en varias ocasiones, entre las cuales volvía a sujetar el vaso, extendía el dedito meñique y se apañaba un par de sorbos. Viajaba después de la puerta a la barra y de ésta a la puerta, mirando el reloj cuando se encontraba junto a la primera y a la calle cuando junto a la segunda. Por fin se vio que la persona que estaba esperando llegaba, porque inclinó la cabeza hacia un lado, se dio dos palmaditas en una mejilla con el envés de la mano dando a entender un reproche por la tardanza, siempre mirando hacia algún lugar determinado de la calle no visible desde el interior del local,  se separó algo más de la puerta, ya con los pies en la calle, extendió los brazos, alzó los hombros y expresando un reproche que los de dentro no alcanzaron a oír, porque ya había cerrado la puerta desde fuera, avanzó unos pasos hacia el tardón y desapareció para siempre de la vista del barman.
El barman, un minuto más tarde, maldijo su ingenuidad y se juró que nunca, nunca, nunca, volverían a hacerle semejante jugada.
***
Era diciembre. En aquel momento de la noche no había ni un solo cliente en el bar. La nieve había cubierto la coqueta placita de San Juan. El atractivo barman, apoyado en la barra, aprovechaba esos momentos en que después de una agitada tarde de gimlets, horse’s necks y manhattans contaba con un paréntesis de tranquilidad para retomar la lectura de un librito que días atrás había comprado a un anciano que exponía su mercancía literaria sobre una raspada lona frente a la entrada del Real Conservatorio de Música.
El pasaje que el joven barman leía en aquel momento narraba una escena en la que un anciano pescador contaba a su vez una experiencia de su juventud cuando se encontraba enrolado en un velero de altura que cubría una ruta a lo largo de la costa atlántica de África. Un atardecer, mientras estaba apoyado en la borda del bajel contemplando la selva que llegaba hasta la orilla del mar, había divisado unos leones que corrían a lo largo de la playa. Esa visión le había hecho feliz.
El barman apartó los ojos del libro para imaginarse por su cuenta esa felicidad que no se explicaba en el relato, sino que tan solo se mencionaba. ¿Cuál sería la visión o el milagro que pondría a su alcance una experiencia similar? Una visión insólita. Leones junto al mar. ¿Cómo no recordar eso a lo largo de toda una vida?
A través de los cristales acomodados en los vanos de las puertas de madera pintadas de bígaro se dejaban ver las menudas mariposas blancas que iban a acostarse sobre la calzada siguiendo un patrón caótico y preciso al mismo tiempo. Permaneció pensativo mientras contemplaba las calles inmaculadas. Ni una pisada, ni una huella de vehículo. Las cristaleras del bar se extendían en torno a la esquina de la calle. Entonces fue cuando vio al muchacho negro.
Al otro lado de la plaza, en la esquina donde confluyen la calle de Santa María con la de Jesús, estaba de pie un muchacho negro. Llevaba un abrigo por lo menos dos tallas por encima de lo que su menudo cuerpo necesitaba, una de esas prendas que algunas ONG facilitan a los inmigrantes sin recursos. El chico pateaba el suelo de vez en cuando. Cuando el barman se disponía a retomar la lectura, una pareja habitual entró en el local.
   Buenas noches.
   Buenas noches. ¿Lo de siempre?
Lo de siempre para la pareja era Mula de Moscú para él y Gimlet para ella. Los dos dijeron que sí. El barman preparó la Mula directamente en vaso collins con vodka, ginger ale y dos tiras de corteza de pepino, que es la forma ortodoxa de preparar ese combinado. El gimlet lo elaboró en vaso mezclador, que evita la turbiedad propia de la coctelera, y añadió dos guindas verdes, para dar luminosidad a la copa, colocándola estratégicamente bajo uno de los focos, haciendo así del recipiente, por arte de magia, un trago irresistible, porque ha de saberse que lo más importante para el éxito de un combinado son tres cosas: una, los peinados de las señoras, dos, que la gente disfrute de la conversación y tres, el aspecto de la copa. Todo lo demás es secundario.
El chico negro seguía en la misma esquina.
Poco después de las once llegó una de sus ayudantes, la sicalíptica Cintia (ceñida y suelta, descocada e inalcanzable, accesible y distante,  todo al mismo tiempo) que venía de cenar. Comenzó a llegar más público. Al cabo de una hora no cabía un alma en el local. Muchos ya habían tomado el primer trago y un tolerable vocerío creaba el ambiente adecuado para una noche divertida.
El miembro de un grupo en el que todos tomaban Margaritas buscó la mirada del barman, levantó un brazo extendiendo el dedo índice en horizontal y haciéndolo girar paralelamente al suelo, símbolo universal para indicar otra ronda. El barman contestó con guiño y asentimiento de cabeza, que es el código adecuado de confirmación cuando hay demasiada gente contenta en las inmediaciones.
Al fondo había un grupo de gente que quería repetir y otros dos pedían la cuenta. Un tipo trataba de tontear  con Cintia que también tenía  más comandas pendientes aparte de los tragos que preparaba en ese momento. El trabajo les estaba desbordando. Podía producirse un cataclismo de un momento a otro.
El barman tuvo que volverse de espaldas a la clientela a fin de alcanzar la botella de Cuervo, situada en el tercer estante de la pared interior de la barra. Asió la botella y volvió a girarse de cara al público.
Fue como una aparición: al otro lado de la barra, a cuatro palmos y medio de distancia, estaba el chico negro con su enorme abrigo, materialmente aplastado entre dos grupos de clientes eufóricos. El chico le miraba sonriendo y él le devolvía una mirada de asombro, como si se encontrase asistiendo a una superlativa anomalía del espacio tiempo.
   Señor, whisky, por favor —dijo el chico.
Dijo “uiskí”, acentuando la última sílaba. Volvió en sí el barman. Un whisky es cosa rápida de servir, por lo que se lo puso inmediatamente, para seguir cuanto antes con los Margaritas que tenía pendientes. Corteza de limón para humedecer los bordes de las copas, voltear estas para impregnarlas sobre un platillo con algo de sal cuidando que se distribuya uniformemente, sin grumos, disponerlas sobre la barra, hielo a la coctelera, ni mucho, para que pueda batir correctamente con los ingredientes ni poco para que no se agüe, el Triple Seco a razón de un sexto por copa y otros tantos sextos de zumo de auténtico limón, jamás el de los sucedáneos embotellados que echan a perder la magia de la copa y finalmente los dos tercios de tequila por cada copa de la demanda.
Por el rabillo del ojo vio el barman que Cintia iba a agitar su coctelera con otros tragos, ella se puso al tanto de lo que él le pedía, ambos alzaron ligeramente las cejas para dar por recibido el mensaje, ambos comenzaron a agitar sus respectivas cocteleras durante uno, dos, casi tres segundos, en total ocho golpes en alto, la señal para dar comienzo  al numerito del vete-y-vuelve, pericia que tanto deleita al público: se lanzan las  cocteleras por detrás de la espalda y cada uno se queda con la del otro al vuelo, dos golpes más y las vasijas de alpaca recorren el camino inverso, la gente aplaude y silba para celebrar la hazaña, el chico del whisky está maravillado.
Fue entonces cuando el terror hizo acto de presencia. El chico del whisky alzó el brazo izquierdo para levantar la manga de su desproporcionado abrigo y consultar su reloj y a continuación miró hacia una de las puertas del local. La expresión del rostro del barman no era muy distinta de la de un gorila que hubiese tenido un mal día.
   ¿Qué pasa? —preguntó Cintia.
   Nada —contestó el gorila.
Siguieron las copas, el bullicio, las demandas de más combustible para poner a prueba la resistencia de los hígados, aquí y allá miradas libidinosas, alguna discusión ligeramente subida de tono, cuidado, cuidado, cuidado, algunos pagaban y se iban,  otros arrastraban las palabras desde hacía un buen rato, besos apasionados entre parejas que se habían conocido tres cuartos de hora antes, parrandeo y bachata, el local hecho una tambarria, el chico del abrigo que vuelve a mirar la hora, se acerca a la puerta, la abre, el barman con sed de venganza que sale de la barra dispuesto a que no se le escape esta vez el delincuente, el chico se asoma a la calle, el barman va a por él y… en efecto, llega un amigo del muchacho, sin duda un paisano suyo, se abrazan, hablan entre ellos en su idioma, se vuelven a abrazar, el barman se regresa al interior de la barra como si nada hubiese pasado y Cintia le mira con los ojos muy abiertos, dos luminarias azules cargadas de preguntas.
   No pasa nada —responde el gorila.
Hora y media más tarde sólo quedan en el bar unas cuantas personas. El chico del abrigo y su amigo comparten el whisky. Desde hace han estado comentando desde hace rato han estado comentando lo que parecen ser unas fotos, las ven se ríen, hacen un comentario, se abrazan de nuevo, los hielos del vaso se han derretido, el líquido que queda no es más que agua ligeramente teñida, pero incluso así comparten el rastro del licor que estuvo allí tres horas antes. La amistad consiste en cosas así. Ya no nieva.
Cintia mantiene una conversación banal con dos muchachos que están al otro lado de la barra. Todo está recogido y el ambiente es agradable. Falta media hora para cerrar. El atractivo barman y propietario tiene la oportunidad en estos momentos para retomar la lectura. Se había quedado en aquel momento mágico en que dos leones corrían por la playa. El chico del whisky le llama:
   Señor, por favor, la cuenta.

Cintia va al panel de demandas, pero el jefe le dice que ya se encarga él. Desclava la nota, la coloca en una de las bandejas y la lleva al cliente. Las fotos están extendidas encima de la mesa. Vuelve a quedarse paralizado al ver las imágenes. Son de la plaza de Felipe II, frente a la fachada de los almacenes El Corte Inglés, Navidad, entre los tres Reyes Magos, reconoce a Baltasar, el Rey Negro.

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