jueves, 31 de marzo de 2011

Últimas noticias sobre el Fin del Mundo.

Ayer, un vecino mío, tapicero, y con el fin de mantener una conversación convencional conmigo, me decía:
-          Las estaciones se han perdido. ¿Quién diría que estamos en pleno invierno? Y el verano igual: ya no sabemos lo que es.
Decía esto después del rigor del invierno de este año que, sin embargo, ese hombre ha sentido como todos los demás.
***
El texto anterior no es mío, sino de Alain, pseudónimo de Èmile-Auguste Chartier, filósofo, periodista y profesor. Ese texto fue escrito en… 1912.
En aquel entonces ya había hombres aterrorizados ante el cambio climático… ¡y tan sólo faltaban dos años para la verdadera masacre que supuso la Gran Guerra de 1914 en la que perecieron más de diez millones de personas! El terror estaba a la vuelta de la esquina, pero el pobre tapicero se preocupaba por la evolución de la temperatura planetaria.
¿Cómo pueden disponer de tanta información? La medición de la variación de temperaturas en el globo terráqueo supone un complejísimo trabajo a cargo de científicos; un trabajo que exige  una documentación comparativa a lo largo de siglos. Puede que el planeta se esté fundiendo, pero eso no se advierte echando un vistazo a la calle y viendo si hace mucho sol, poco sol o nada de sol.
Es preciso que nos dejemos de terrores estocásticos. El fin del mundo, tal como lo conocemos, tendrá lugar en algún momento. Mañana o dentro de diez o quinientos millones de años. Con toda seguridad. Vivimos en un universo en plena evolución. Perdonen la franqueza, caramba, pero todos vamos a morir.
Lo atractivo de todo este asunto es lo que vamos a hacer mientras tanto, qué es lo que vamos a dar a las generaciones que nos sucederán, qué hemos obtenido de la vida y qué es lo que queremos compartir de esa vida que hemos vivido o que estamos viviendo en este preciso instante.
Obviamente, el calentamiento del planeta tiene un origen parcial en la acción antropogénica: cada vez que usted se ducha con agua caliente está forzando a un consumo de energía extra. Cada vez que usted pone en funcionamiento su automóvil, viaja en avión o se sube al Metro. Cada vez que usted se somete a un examen radiológico o cocina una lubina al horno. Esto va así. No lo hemos inventado usted ni yo. Son las reglas: si usas la energía, la gastas.
Pero la contribución al pesimismo, o bien su evitación, por supuesto que es responsabilidad nuestra.
Hace un millón de años nuestros antepasados no tenían la menor responsabilidad aparte de la de luchar para que sus genes nos alcanzasen, permitiéndonos de ese modo, a usted y a mí, que en este preciso instante nos encontremos en contacto.
Así que menos apocalipsis y más contribución de talento a esta comunidad humana a la que, por el momento, no le queda más remedio que compartir esta bola de cuarenta mil kilómetros de circunferencia que evoluciona en un espacio gigantesco, tan incomprensible para nuestra sencillísima dimensión humana plagada de soberbia y también de enfermizo terror.

lunes, 28 de marzo de 2011

Coerción, manipulación, Rave y Transición Alfa



Dos simpáticos chavalotes suecos te enseñan trucos mnemotécnicos para bailar rave hardstyle y se burlan sutilmente del papanatismo de la gente:
Buen trabajo  el del ensayo Coerción de Douglas Rushkoff (es de mi estilo pero con el triple de mala uva que yo). Me recuerda al famoso Los persuasores ocultos de Vance Packard, aunque con factura más moderna. Entre otros asuntos, Rushkoff  analiza las fiestas rave y la manera en estos saraos espontáneos terminaron por ser absorbidos por la industria del entretenimiento. La absorción exige la neutralización previa de la actividad cerebral de los clientes, algo no demasiado difícil, después de todo, gracias a los dealers de éxtasis.
No es nada nuevo. El asunto de la anulación de los procesos racionales fue bellamente descrito por Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano con su descripción de las raves ceremoniales de los Misterios Eleusinos (en las raves religiosas del siglo II d.C. los acólitos se colocaban con cornezuelo de centeno, o sea, más bien en la línea LSD/ecológica).
Lo que resulta más apasionante de todo esto es el que la juerga institucionalizada, sea una rave hardstyle, un mitin político, una sesión de vudú o una ceremonia de iniciación en el culto a Mitra o a Démeter, tiene la función de convertir en seres vulnerables a los fieles, iniciados, clientes o como nos venga en gana llamarles. La aparente “liberación” de las personas no es sino otra forma más de alienación. Se les sugestiona para que se sometan. Así funcionan las fidelidades políticas, las furias culés y merengues y las pasiones tifosi por la economía dirigida, la libertad de mercado o lo que sea. En cuanto te liberan el cuerpo, te ponen los grilletes en el cerebro, ahí es nada.
Quienes hayan leído la anterior entrada de este blog titulada Kant y el Tránsito Alfa habrán advertido que la absorción de la conciencia de la víctima no hace otra cosa sino impedir que tenga lugar el Tránsito Alfa (paso de la percepción animal o experiencia hacia la función consciente). En román paladino: que uno piense o decida por sí mismo.

jueves, 24 de marzo de 2011

Kant y el Tránsito Alfa.


¿Podría ser la filosofía una fuente de conocimiento para la aplicación práctica de la comunicación persuasiva? Así parece ser según se deduce a partir de los últimos descubrimientos  científicos acerca de los llamados qualia.
En un artículo recientemente publicado (Mente y Cerebro, nº 46, enero/febrero de 20111) se da a conocer un nuevo concepto —qualia— que refiere las vivencias conscientes que subsiguen a una primera activación de la atención neuronal. Me explicaré en términos más cotidianos: cuando algo nos llama especialmente la atención (un cuerpo atractivo, el tono de una voz, una explosión o una caricia, entre otros cientos de posibilidades) nuestra actividad consciente todavía no se ha puesto en marcha; sencillamente nos vemos atrapados por el estimulante impacto de la señal.
Si acto seguido el estímulo se diferencia lo suficiente de otros estímulos competidores, y consigue por lo tanto mantener la atención del destinatario del mensaje durante el tiempo suficiente (normalmente entre una fracción de segundo y dos segundos) el cerebro de esa persona se activará para valorar conscientemente las causas y circunstancias de ese estímulo. Es justo en ese momento cuando la persuasión como tal empieza a actuar.
Ese proceso, al que me ha parecido oportuno denominar como Tránsito Alfa, y que en el lenguaje corriente solemos reconocer como “estímulo del interés”, es sobre el que pivotan las técnicas que utilizan los vendedores competentes para, en primer lugar, atraer un cliente, y a continuación, dirigir la actividad mental de éste hacia un propósito determinado, que evidentemente consiste en la firma del contrato.
La parte más excitante de todo este asunto del Tránsito Alfa es que fue formulada de forma sorprendentemente intuitiva por el filósofo  Immanuel Kant, el cual  se planteó que si bien el auténtico conocimiento se adquiere a través de la experiencia, lo cierto es que la razón juega un papel sumamente importante. Según este filósofo, la experiencia, e incluso el significado mismo de la vida, no pasarían se ser simples opiniones (sin resultados prácticos) a no ser que se hubiesen sometido previamente a la fuerza de la razón, y al mismo tiempo, el uso de la razón sin que ésta hubiese sido validada por la experiencia, no conduciría a ninguna parte.

¿En qué nos afecta a usted y a mí todo este asunto? Pues sencillamente en que toda teoría carece por completo de valor si no es refrendada por la experiencia, o dicho de otra manera, que por muchos cursos de ventas que hagas, nada te será de utilidad si no te decides a dar la cara para llamar la atención y si a continuación no te tomas la molestia de activar el cerebro de tus interlocutores.

Ni más ni menos.

Un ejemplo Práctico aquí

jueves, 17 de marzo de 2011

Unos genes magníficos


Hace treinta mil años, dos antepasados de usted, hombre y mujer, lucharon como mejor supieron para conservar los genes que seiscientas generaciones más tarde permitirían que usted pudiese leer estas líneas.
Eran tan vulnerables como usted o yo: sus frágiles uñas, apenas aptas para manipular las cosas pequeñas, eran de todo punto inútiles frente a las garras de los depredadores que los acechaban. Sus, pieles, tan frágiles como la de usted o la mía, se partían con el roce de los espinos, con los perfiles de los canchales, con el más insignficante tallo de una planta seca.
Lucharon contra enfermedades, contra competidores tanto humanos como animales, y de paso también lucharon contra enfermedades y contra la tentación de someterse al pesimismo que propiciaba el mundo atrozmente hostil en el que pugnaban por sobrevivir. Lucharon contra su propia vulnerabilidad.
Y ganaron.
Por eso usted ahora puede leer estas líneas en este preciso momento.
Hemos heredado unos genes magníficos, ¿no  le parece?

viernes, 11 de marzo de 2011

Aprender a aprender


Hay un dicho en boxeo que reza así: “todo el mundo tiene un plan infalible hasta que lo tumban”. A la hora de compartir conocimiento sucede algo parecido; por ejemplo, yo siempre me trazo una escaleta (como los guiones que se utilizan en la radio) lo suficientemente flexible como para poder adaptar los contenidos en función de la efectividad del impulso de diálogo con los alumnos.
Hoy tenía clase en la Escuela Nacional de Protección Civil, con la que colaboro habitualmente. Los alumnos eran militares, policías y bomberos, y la asignatura mi especialidad: Comunicación No Verbal.
Al poco de comenzar me di cuenta de que mis alumnos, en realidad, eran auténticos expertos en la materia… pero que como formaba parte de su hacer cotidiano, ellos y ellas no otorgaban a esa habilidad una especial relevancia, puesto que les parecía algo natural, precisamente por el hecho de tratarse de algo rutinario. La única diferencia entre ellos y yo era que yo ponía palabras al conocimiento que compartíamos entre todos, mientras que los alumnos se limitaban a aplicar esa habilidad en su quehacer diario.
Todo profesor, si ama su profesión, si  cuenta con un mínimo de competencias en las materias que imparte y  si tiene la suerte de contar con alumnos inteligentes, obtiene conocimiento nuevo y fresco tras cada clase, un conocimiento que podrá compartir con otros alumnos en otros foros de aprendizaje.
Hoy he aprendido que la situación óptima en lo que a conocimiento se refiere es el hecho de ser conscientes de cuáles son nuestras más auténticas competencias (por desgracia, las lagunas de conocimiento son más fácilmente reconocibles gracias a nuestro egos censores, siempre dispuestos a reprocharnos algo de lo que hemos hecho o dejado de hacer). Hablo por lo tanto de ese caudal oculto que cada uno de nosotros llevamos dentro y al que despreciamos, no sin poca ingenuidad y acaso por un exceso de innecesaria modestia.
Lo de quererse a uno mismo mola, digan lo que digan por ahí.

viernes, 4 de marzo de 2011

Humanos obsoletos y sumisos


Llamamos obsolescencia al acontecimiento que tiene lugar cuando una máquina, objeto o instalación deja de resultar útil. Por extensión, también alcanzan la obsolescencia las ideas, determinadas expresiones artísticas y dogmas científicos rechazados. Incluye igualmente la mayor parte de la ropa confeccionada que tiene un período de caducidad inferior al año (de hecho, es de alcance semestral y por eso se habla de temporada primavera-verano y temporada otoño-invierno).
En 1924 se creó en Suiza un cártel de fabricantes de bombillas formado por los principales fabricantes mundiales de este producto. El cártel se denominó  “Cártel Phoebus” y comprometía a sus miembros a fabricar bombillas que sólo durasen 1.000 horas, a fin de obligar a la gente a renovarlas. Establecieron una serie de multas para aquellos miembros que infrigiesen las normas de calidad convenidas. En realidad, los elegantes caballeros firmantes del acuerdo operaban como una especie de mafia o sociedad secreta.
Pero como resultaba que la falta de obsolescencia afectaba a todos los bienes de consumo, la mayoría de los grandes fabricantes se plantearon la conveniencia  de cambiar el modo de pensar de la gente: es decir, que empezasen a comprar por diversión en lugar de hacerlo por necesidad. Los desajustes entre los ritmos de producción, el alza de precios provocada por la relación entre la oferta y la demanda y la escasez o abundancia de dinero en manos del público han venido generando sucesivas crisis que han sumido en la miseria a millones de personas a lo largo de los últimos ciento cincuenta años.
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“Obsolescencia programada” es la que tiene lugar cuando el mismo fabricante del utensilio determina anticipadamente el momento en el que el producto se convertirá en obsoleto. El objetivo consiste en que el usuario se sienta defraudado con la prestación del producto y sienta la necesidad de adquirir otro similar. La obsolescencia afecta a  muebles móntelo-usted-mismo, ordenadores, teléfonos móviles, zapatillas deportivas, corbatas, peinados y prácticamente todas las “apariencias de poder” y “estar al día”. Ése y no otro es el origen del marquismo, las necias autocondenas hipotecarias por inmuebles con un coste superior al que el infeliz comprador podrá pagar en toda su vida… y los automóviles de gama alta llenos de abolladuras y faros sostenidos con cinta adhesiva porque sus propietarios tratan de ahorrar los altos costes de los seguros a todo riesgo.
Ciertamente, cuando el ciclo económico alcanza su punto superior de flexión, entramos en la temida depresión: aumenta el desempleo y disminuye la demanda de productos y servicios. Las posibilidades reales de “aparentar poder” se ven drásticamente reducidas. Los beneficios empresariales disminuyen, pero quienes cuentan con empleos fijos, los funcionarios y los accionistas de pequeñas empresas que todavía sobreviven entre el desastre de la crisis, todavía cuentan con cierta capacidad de ahorro; los bancos tratan de localizar a esas personas para captar pasivo bancario e invertir en zonas con economías más seguras. Los ciudadanos de los países más afectados por la crisis se desprovisionan  de recursos financieros para el consumo (es decir, “ahorran”) mientras que, paradójicamente están financiando a países más ricos que el suyo. Recientemente, una entidad bancaria incluso se las ha ingeniado para proponer el ahorro como “una moda”.
Cultos o ignorantes, ricos o no, los seres humanos seguimos tomando decisiones absurdas llevados por las artes hipnóticas de los grandes genios creadores de necesidades. Es como el cuento del político que prometía a sus electores que si era elegido “todos tendrían unos ingresos superiores a la media” y al oír esto, la gente, enardecida, le vitoreaba entusiasmada. Hoy somos incluso más estúpidos que los protagonistas de ese cuento: el hombre medio quiere aparentar que está por encima de la media de los hombres medios, con lo que se lo sigue poniendo fácil a los perversos creadores de obsolescencia.