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sábado, 25 de enero de 2014

Una vida que valga la pena haberla vivido. Eso es todo.



Harold Robbins a bordo de su yate, en la Costa Azul.

1916. Nace en Nueva York y es abandonado en un orfanato católico.
1927. Lo adopta una familia judía.
1931. Se fuga. Vive en la calle, trabaja como dependiente de droguería, cocinero, recadero y corredor de apuestas.
1933.- Se alista en la Armada con nombre falso (era menor de edad).
1934.- Trabaja de transportista de comestibles con su propio camión.
1935.- Crea su propia empresa de alimentación.
1936.- Se hace multimillonario.
1939.- Se arruina completamente y empieza a trabajar en los estudios cinematográficos de la Universal.
1941.- En la Universal le nombran director ejecutivo de presupuestos y planificación.
1947.- Por una apuesta de 100 dólares escribe una novela para demostrar que puede crear historias mejores que las que se escribían en aquel momento.
1948.- Sale a la venta No amarás a un extraño, que bate todos los records de ventas del momento y se dedica totalmente a escribir.
1997.- Muere después de publicar 22 libros, traducidos a treinta y dos idiomas y cuyas ediciones sumaron 750 millones de ejemplares.
La gente culta lo considera un autor de segunda fila.
¿Sabéis de qué trata su primer libro? De su experiencia en el orfanato.
Todos sus libros están basados en sus propias vivencias.
Su mérito no se encuentra en sus obras, sino en su vida.
Su vida fue una vida que la valió la pena el haber sido vivida.
Su vida fue una obra de arte.

NOTA BENE: Yo leía los libros de Robbins y de Leslie Waller a lo largo del insufrible trayecto en tren entre La Coruña y Barcelona (28 horas; aunque el primero que hice duró 36). Tal vez hoy no disfrutaría tanto con su lectura después de tantos años de Shakespeare y Muñoz Seca. Por eso he vuelto a leer El banquero, de Waller, a fin de asegurarme. En efecto, sigue siendo genial (Waller es más conocido por ser el autor de Encuentros en la Tercera Fase). Hoy, un matrimonio de inmigrantes en la indigencia, que sobre unos plásticos vende libros usados en la calle Alcalá, tenía a la venta un ejemplar de Robbins, precisamente, El narrador de historias. (dos euros). El libro venía con moho. La cubierta ofrece un diseño horrible, tirando al mal gusto. Empezaré a disfrutarlo esta misma noche.
Porque sé que no estaré leyendo un libro, sino una vida.

miércoles, 11 de enero de 2012

LAS CUARENTA Y OCHO LEYES INMANENTES DE LA VIDA. LEYES 42 A LA 48

Concluye aquí la serie de seis entregas, en cada una de las cuales se lishan listado ocho Leyes Inmanentes de la Vida. El trabajo se ha inspirado en el clásico Arte y oficio del teatro, de Alan Ayckbourn, y que yo he aplicado al Teatro de la Vida, esto es, a los negocios, al amor, la ciencia, el aprendizaje, el compañerismo y en general, a todo aquello que conlleve la conversión de una idea en una realidad tangible.Hoy tenemos las Leyes Inmanentes de la vida desde el número 42 al 48. Al igual que las anteriores, son incontestables, certeras, absolutas. Y en este caso, definitivas.

ENLACES A LAS LEYES ANTERIORMENTE PUBLICADAS:

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LAS CUARENTA Y OCHO LEYES INMANENTES DE LA VIDA. LEYES 42 A LA 48


Ley 42.- “La función debe continuar”. Suceda lo que suceda. Tras la destrucción de las ciudades alemanas en la II Guerra Mundial, grupos de músicos se reunían entre los escombros e interpretaban piezas de Beethoven. Porque la función tiene que continuar. Hasta el final.
Ley 43.- “Si estás sobre el escenario es porque eres el mejor actor o actriz que pudieron conseguir para estar allí”.  Ahora olvídate de las palabras “que pudieron conseguir” y quédate con “porque eres el mejor actor o actriz”.
Ley 44.- “Nadie creerá en lo que sientes si es algo que no has sentido anteriormente”. Puede que la obra no le guste gran cosa al público, pero siempre sabrá distinguir cuándo los actores son auténticos o falsos. Con indiferencia de la obra en que te haya tocado intervenir o del papel que te haya tocado representar, procura que tu actuación resulte creíble.
Ley 45.- “Cada palabra y cada gesto tienen una finalidad”. Quien no controla sus ideas no controla ni sus palabras ni sus gestos. Quien no controla ni sus palabras ni sus gestos no controlará sus propias ideas.
Ley 46.- “Que no te encasillen en un papel determinado”. Puede que en cierto momento tengas que resultar adorable y que en otro debas parecer temible. Pero si siempre interpretas el mismo papel, poco a poco te convertirás en alguien previsible y rutinario: dejarás de ser una persona y te convertirás en una máquina (y recuerda que las máquinas son esas cosas que son manipuladas por personas de verdad).
Ley 47.- “Disfruta los aplausos del público”. Acepta sin reservas la admiración que te profesan. No huyas de la escena como si no te merecieses esos aplausos… pero recíbelos con una elegante reverencia. En ese momento el público dejará de admirarte y pasará a adorarte. Pocos conocen la profundidad de esta Ley.
Ley 48.- “si algo puede salir mal…¡Bah!  ¡Tonterías! ¡Todo saldrá estupendamente!